Cuando Gertrudis Gómez de Avellaneda, La Peregrina, escribió: “¡Adiós, patria feliz, edén querido! / ¡Doquier que el hado en su furor me impela, / tu dulce nombre halagará mi oído!”, no sabía que estaba inaugurando lo que Cintio Vitier tuvo a bien clasificar como “la dimensión de la poesía femenina” en la literatura cubana (Vitier, 1970: 12
. Su soneto “Al partir” es la primera expresión poética de la mujer que es arrancada de su tierra y de cómo esa presencia perdida se fija en las esencias de su sentimiento, de sus emociones y de su creación artística.
Herederas de esa tradición, sembrada por Gómez de Avellaneda y cultivada durante más de una centuria por otras tantas poetas cubanas que han tenido que vivir fuera de la Isla, se sostienen las actuales exponentes de la poesía cubana del exilio y la diáspora y siguen desbrozando un peregrinar que pareciera interminable.
Un poco de historia (necesaria)
Cuba ha sido siempre un país de desterrados. Las tres figuras cimeras de nuestra poesía decimonónica —José María Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda y José Martí— escribieron el grueso de sus obras en otras tierras. Junto a ellos, compartieron esa misma condición, en distintos momentos y circunstancias, el presbítero Félix Varela y su discípulo José Antonio Saco, el promotor literario Domingo del Monte y el narrador Cirilo Villaverde, el crítico Enrique Piñeyro y los poetas Juan Clemente Zenea, Juana Borrero, Miguel Teurbe Tolón y Pedro Santacilia, entre otros.
Desde entonces, el mapa poético de Cuba desborda las fronteras geográficas de la isla. En un proceso que parece repetirse una y otra vez, las migraciones han extendido la cultura cubana hacia otras tierras y la historia cultural de nuestra nación se ha escrito, ahora y siempre, en cada rincón del mundo adonde se encuentre un cubano. Esos fragmentos alejados de su núcleo sólo consiguen juntarse sobre la tierra común de los recuerdos y los sueños, que es la materia que habita y da forma a nuestra poesía. El resto es paisaje irredento, oleaje de ideologías, añoranzas levantadas como castillos de naipes, visiones fantasmales, un espejo donde la isla flota como una aparición mágica, como una esencia inefable.
El ensayista cubano Iván de la Nuez ha dicho: “Escribo diáspora y me veo obligado a admitir, asimismo, que abordo una tragedia. La cultura cubana ha conocido el estallido de una bomba de tiempo. Se ha astillado en múltiples fragmentos, impensadas aristas, que nos colocan en esa multiplicidad precaria pero fértil que Antonio Vera León ha identificado como una Cuba cubista” (1999: 125). A esta dispersión, la poeta y ensayista Lourdes Gil la califica como “una nueva multidimensionalidad de la cultura cubana” (1994: 209) y es una de las constantes más notables de la actual poética nacional.
Ha dicho Roger Bartra que “los transterrados viven su condición como una paradoja que aúna las esperanzas de infiltrarse a una nueva vida con las amarguras del destierro [...] [y] la reconstrucción de la memoria se vuelve un acto de duelo sobre las ruinas de una historia dislocada” (2004: 66, 72). Y así plantea la escritora Uva de Aragón esa reconfiguración de un mundo literario a ultranza, a pesar de los dolores y las carencias del desarraigo, a pesar de la difícil condición de ajenos, de outsiders: “De esta orilla de Cuba ha surgido, contra la indiferencia de las casas editoriales, a pesar de la escasez de lectores, a contramarea de otras culturas y otras lenguas [...] un corpus literario con toda la riqueza temática y estilística que ofrece el espacio ilimitado de un destierro” (1994: 267).
Hace justamente una década, otro investigador cubano, Jesús Barquet, señaló como temas recurrentes de la poesía cubana de la emigración, entre otros: “[...] la persistencia de la memoria como una forma de restauración y resistencia de la identidad en crisis [...] el ser fragmentado, la ausencia y el vacío, el desamparo e intemperie existencial [...] el paraíso (o infierno) perdido, la espera y el regreso míticos [...]” (1994: 170). En el mismo sentido, Lourdes Gil ha apuntado que, a pesar de que “la escritura de la diáspora cubana es la signografía de la desposesión y de la pérdida”, hay en ella “una cubanidad asimilada y una coherencia con la proyección escritural de la nación” (1999-2000: 63-64).
Con el “frenesí centrífugo de los noventa” (Rojas, 1999: 146), nuevas generaciones de artistas emigrados aportan su particular visión al cuerpo conceptual de la poesía del exilio. Se trata de un nutrido grupo integrado, en gran parte, por lo más destacado de la lírica escrita en la isla después de 1980, un conjunto de voces de diversas generaciones, en su mayoría voces posnacionales y transterritoriales que reinventan la cultura cubana fuera de su geografía original, “enfrentados a la devaluación más contundente de las ideas históricas de Patria y Exilio” (De la Nuez, 1997: 144). Madeline Cámara la ha catalogado como una “poética nómada” que no ata “su sentido de nacionalidad a los límites geográfico-políticos de un territorio o un Estado, sino que lo asocian a un discurso sobre la identidad que se nutre de valores culturales vivos, hijos de la circunstancia más que de la tradición”. Y ve en esta corriente un “nuevo modo de decir la lejanía” (2000: 12
.
Nosotras y las otras
Cuando estudiaba en la Universidad de Oriente, a principios de los ochenta, ninguna de las poetas que mencionaré en este ensayo formaba parte de los planes de estudio. Absolutamente ninguna. Ni siquiera sus nombres eran mencionados en los pasillos de la facultad, en voz baja, como sí podía hablarse, por ejemplo, de Cabrera Infante o Heberto Padilla. Ya lo había dicho Lilliam Moro desde España:
[...] los que se van no cuentan
esos están excluidos de las gráficas
de las planificaciones
de la poesía
del Caimán Barbudo
y de la Revista Verde Olivo...
Ya lo había refrendado María Elena Blanco en su poema “Quimera”: “...no quedó ni la huella de mí sobre su suelo / no se grabó mi nombre / nadie escucha mi voz”. Cuando recibí mi título de licenciada en Filología, con especialización precisamente en literatura cubana, no tenía la menor idea del amplio y riquísimo panorama poético que me encontraría unos años después, cuando emigré a México y los ojos se me abrieron al mundo cual si hubieran quitado de ellos un trapo negro. Acababa de descubrir —¡oh, vergüenza!— que el cincuenta por ciento de la literatura cubana se hacía fuera de Cuba. Fue entonces que conocí y pude leer por vez primera a estas mujeres que me deslumbraban.
La literatura cubana del exilio no puede estudiarse por generaciones de coetáneos. Por obvias razones, en ella las divisiones temporales deben hacerse teniendo en cuenta las fechas de incorporación al destierro. De este modo, nuestra diáspora actual está esencialmente dividida, cuando menos, en tres grandes grupos: quienes salieron de la isla durante los primeros años de la Revolución, los que se incorporaron a ella durante el éxodo de El Mariel en 1980 y las migraciones que se han sucedido desde finales de la década de los ochenta hasta el día de hoy. A ellos habría que sumar un importante núcleo de hijos de cubanos que nacieron y se educaron fuera de Cuba, o salieron de la Isla siendo muy pequeños, muchos de los cuales hablan y escriben en otro idioma o son bilingües; en este caso se encuentran especialmente los cubanoamericanos.
Sin embargo, en las mujeres poetas esta división da un salto temporal interesante. Después de la gran migración de los años sesenta y setenta, la hornada más significa sobreviene a finales de los ochenta y las décadas siguientes, de manera que, para su estudio, es fácil identificar sólo dos grupos:
Antes de la Revolución y década de los sesenta y setenta: Pura del Prado, Ana Rosa Núñez, Amelia del Castillo, Juana Rosa Pita, Mercedes Cortázar, Rita Geada, Gladys Zaldívar, Mireya Robles, Marta Padilla, Nivaria Tejera, Uva de Aragón, Lourdes Gil, Maya Islas, Alina Galliano, Irradia Iturralde, Isel Rivero, María Elena Blanco, Magali Alabau, Lilliam Moro, Laura Ymayo Tartakoff, Carlota Caulfield y Belkis Cuza Malé, entre otras.
De finales de los ochenta hasta hoy: Minerva Salado, Chely Lima, Daína Chaviano, Cira Andrés, María Elena Cruz Varela, Elena Tamargo, Damaris Calderón, María Elena Hernández Caballero, Sonia Díaz Corrales, Odette Alonso, Zoe Valdés, Aimée González Bolaños, Lucía Ballester, Rita Martín, Alessandra Molina y Lídice Alemán, entre otras.
En medio de ellas, como puente, las cubanoamericanas, que por su complejidad identitaria merecen un estudio individualizado. Entre ellas podemos mencionar a Lourdes Casals, Ruth Behar, Achy Obejas y Carolina Hospital.
En el país de la nostalgia
Cintio Vitier, uno de nuestros más emblemáticos críticos literarios, señaló la nostalgia desde la lejanía como una de las líneas fundamentales de la poesía cubana. Esto no es gratuito, ya lo he dicho: Cuba ha sido siempre un país de desterrados y las dicotomías exilio/poesía, destierro/patria y lejanía/nostalgia no son una novedad.
La poesía escrita por mujeres no es, por supuesto, una excepción. “Hay un espacio que tiene la esencia de la distancia”, dice Maya Islas en su poema “Las horas”. Y Damaris Calderón se pregunta en “Cementerio de Colón/Spoon River”:
¿Con qué lengua
repleta
de mudez
vas a nombrar
(si nombras)
tu ciudad,
las ciudades?
Esas ciudades —especialmente La Habana, pero también Matanzas, Jagüey, Guanabo, Cojímar o Güira de Melena—, distantes geográficamente pero cercanas en el alma, se constituyen en el territorio al cual se aferra la identidad fragmentada, escindida. El dilema está planteado: ¿cómo recordar a la Isla? ¿de qué forma —diferente o similar— la evocan cada una de las promociones de poetas cubanas en el exilio? El espacio geográfico es, sin duda, el primer referente de la nostalgia. Los lugares adonde fuimos felices —o eso preferimos creer—, adonde sucedieron todas las primeras cosas, los sitios donde transcurrieron la infancia y la juventud —porque en ambas promociones, en ambos grupos, las poetas vivieron su niñez y buena parte de su juventud en la isla—, son referencias recurrentes en esta poética:
Mira el Cristo, dijimos a la vez
dejando atrás la terminal de barcos,
el café de helados frutales,
la plaza de leones franciscanos.
Esto recuerda Juana Rosa Pita en su poema “Cristo en La Habana”, mientras Isel Rivero, en sus “Cuatro canciones de distancia”, así le habla a la propia isla:
Isla
Tu voz rompe en mi pecho ondas gigantes
[...]
Giro en torno a tus calles
Con el mar a las espaldas
Horadando mis oídos
Tú eres
Mi siniestro lecho
Y lejana compañía
Lilliam Moro, en “Recordando a la Isla”, confiesa que:
Recordar a la Isla
es flotar en Madrid, en Londres, en Miami
[...]
es un sol poderoso, un malecón interminable
largo como la historia
y tú y yo de la mano inventando la vida.
Y María Elena Blanco revive esa porción mágica y mítica que es la nocturnidad habanera:
En la Rampa la noche es una radiografía del deseo.
Viste a la mujer de transparencias,
enciende la pupila de los hombres.
Echa candela por cada bocacalle
la noche serpentina
de El Vedado.
Y en esa confluencia de la materia poética y el paisaje de la imaginación y de los recuerdos, suele producirse —proponerse— una comunión carnal entre la tierra añorada y el cuerpo —o el alma— de la poeta. Así, Amelia del Castillo se pregunta: “¿Cómo arrancar la espina / que me crece de ti [...] / Isla, / Islayer, / Islasiempre, / ISLAYÓ” —así, con mayúsculas—. En ese mismo tenor, Elena Tamargo, en su poema “Habana tú”, se sincretiza con la ciudad de sus amores: “De niña, entre las grietas de la tierra / buscaba en ti mi aurora / a semejanza mía, a semejanza tuya / cuerpo oscuro y esbelto de mi sueño”. Y Laura Ymayo Tartakoff se hermana, se siametiza, con la isla toda:
Porque desde niña
también fui isla
me fue creciendo
este silencio.
[...]
Éramos, pues, dos islas.
[...]
Y era el mismo silencio.
[...]
Pero en los trazos
de este silencio extendido
[...]
centenario y recóndito—
queda la isla delgada,
la otra,
acostada en un mar
de distante difícil,
que también mece
mi yo-isla.
[...]
somos bastiones
de un mismo borrón.
Tal vez el extremo de la idealización sea la evocación de Pura del Prado: “Mi Patria es cariñosa y humilde / como el vestido de las campesinas, / melancólica como un barrio apenas alumbrado / por los cocuyos y las caricias”. En el otro extremo, Damaris Calderón sentencia que:
La lejanía
[...]
Inmoviliza los objetos
[...]
los dora
de una bondad
que nunca tuvieron.
Las poetas emigradas hace poco más de una década, testigos directos de la decadencia y la pauperización de la vida en Cuba, con muy pocas razones para idealizar trasmiten una visión amarga, desencantada, muy contrastante con los ejemplos anteriores. Así afirma Damaris Calderón en “Vendrán días peores”:
La ciudad es una gran pústula [...]
El lenguaje que se vocea
de una esquina a otra esquina
una gran pústula
[...]
Puerto de las alucinaciones,
barrio chino de utilería,
falso dragón.
[...]
El sol rompe en migajas el país natal.
A esta crónica del deterioro se suma el poema “Cinema”, de Minerva Salado:
Los que fuimos al cine Universal
entramos a un hondo boquerón
en penumbras
[...]
El polvo invade el sitio
todo el olor es polvo
todo el color del polvo
sin butacas ni bancos
ni imágenes disueltas ni blanco y negro
ni siquiera el quejido de un cartel desgastado
[...]
huyendo entre las ruinas
de la ciudad que fuimos.
Y en “Isla”, Rita Martín califica a “la ciudad soñada” como el “sitio más cordialmente / Odiado” y la considera un “invento de nuestras cabezas putrefactas”.
La pura soledad
Esa visión desencantada, sin embargo, no ha sido exclusiva de ellas, sobre todo en lo referido a los avatares del exiliado y los dolores de la pérdida y ese manto de orfandad que nos convierte en “soledades errantes”, como diría Magali Alabau. Ser extranjero suele no ser tan fácil como se piensa idílicamente en la isla. “¿Nadie le da albergue al peregrino, mi dulce dios de las encrucijadas?” se pregunta Chely Lima, “¿Nadie le presta un techo al peregrino? / No hay templos a su paso, ni tabernas: / es el abandonado de sí mismo, el que no se mira en un espejo, / el que sueña. El que remienda lo que queda de su cuerpo”.
Bien lo dice Isel Rivero: “Terrible es la memoria / Que nos fija a las colinas de la infancia / Que nos asalta como criminal ante el espejo”. Por eso Juana Rosa lanza un ruego: “Dime si voy a habanecer contigo / como si fuera la Isla todavía / más que quimera, mi país real” y Alina Galliano se lamenta:
Por semanas enteras he tratado
de sostener
entre saliva y lengua
las posibilidades de un caimito,
pero los dientes
carecen de memorias [...]
Rita Martín echa en cara a la insigne poetisa: “Usted tenía razón, Dulce María, / Tantas cosas en el mundo / Nos fue dada. Sólo es nuestra / La pura soledad”. Y Damaris abunda: “La soledad [...] / golpea el estómago / y te tira sobre las cuerdas [...] / como un boxeador / por knock-out”. Y Elena se lamenta: “[...] cómo voy a ordenar pedazos de paisajes / ordenar los amores que son fotografías [...]”. Y Lilliam sentencia con dolor infinito:
[...] vas a notar la ausencia de tus piedras
de tus collares inventados
de tus diálogos mudos y otras cosas
por más que creas que se van contigo
que te los llevas
no.
Y Pura del Prado trataba de salvar una esperanza cuando dijo:
Consuela pensar que al paso de los siglos
la tierra estará allí chorreando espumas,
bajo los nimbos de orlas mandarinas,
con su verde inviolable,
los dedos de sus palmas arañando
el cordaje del viento cuando llueve.
Y ojalá que se llame siempre Cuba [...]
Cuba por todas partes
Y aun cuando no la mencionan directamente, la poesía de estas mujeres está llena de símbolos, de representaciones de la isla que son recuerdo y son alivio: la calle bulliciosa de Lilliam sobre la que se eleva el balcón de Elena y el danzón de ambas, la música del Benny evocada por Rita y el guaguancó de Pura; el colibrí y el canario de Minerva y sus personajes y espacios de La Habana: el caminante urbano, el limpiabotas del Hotel Plaza, los espejos del Paseo del Prado; la mesa doméstica de Elena, donde se desperdiga el sabor de los mangos y el caimito de Alina, el guarapo y el mamey de Pura, y el abanico gastronómico que abre sobre ella María Elena Blanco: el tamal en cazuela, los buñuelos, las torrejas, el quimbombó, las frituras de bacalao y de yuca, los merengues, las mariquitas, los chicharrones de viento. Y los dioses africanos de Lilliam —y de todas—, los tambores de María Elena, el Eleggua de Chely, sus “dioses tomadores de ron y de aguardiente” y los negros de Pura y de Elena, “resonando a sus pies el toque de los siglos”. Y encima de todos, “la noche serpentina / de El Vedado” y de La Víbora, la noche sobre la guardarraya y los manglares donde se refugian los jubos de Alina entre las fauces de los cocodrilos, sobre la línea del tren y la lanchita de Regla, navegando en la “copa de índigo” del mar (María Elena). El mar, esa sempiterna referencia, esa maldita bendición del agua por todas partes (Damaris), “sosteniendo la Isla / en la corola de los marpacíficos” (Alina).
Ellas y nosotras, más idílicas o más desencantadas, unidas en lo que María Elena Blanco llamó “amor a lo inasible”, bordando una misma poética en Madrid, en Nueva York o en Miami, en México, en Quito o en Santiago: la poética del desarraigo. Y qué mejor final para este cuento triste que esta propuesta de Lilliam Moro: “[...] hagamos / de tripas corazón, / como si todo no estuviera perdido / como si realmente hubiera fe / como si fuéramos felices”.
Odette Alonso Yodú
México, D.F
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Odette Alonso Yodú (Santiago de Cuba, 1964). Poeta y narradora. Licenciada en Filología especializada en literatura cubana. Compiladora de la antología Las cuatro puntas del pañuelo. Poetas cubanos de la diáspora, que será publicada próximamente por la Editorial Plaza Mayor (Puerto Rico), proyecto que obtuvo uno de los Premios 2003 de Cuban Artists Fund (Nueva York). Autora de varios poemarios, entre los que destacan Insomnios en la noche del espejo (México, 2000), que obtuvo el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” 1999, Enigma de la sed (Cuba, 1989), Historias para el desayuno (Cuba, 1989), Palabra del que vuelve (Cuba, 1996), Diario del caminante (México, 2003) y Cuando la lluvia cesa (España, 2003). Ha sido incluida en antologías de poesía y narrativa. Textos suyos aparecen en revistas y páginas de Internet. Es miembro de la Red de Escritoras Latinoamericanas (Relat), de la Unión de Mujeres Escritoras de las Antillas y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Radica en México desde 1992. Actualmente es editora de la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México.
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