PÁJARO EN MANO
Mira saltar la liebre nevada,
ilesa,
del tiempo.
Mientras pensabas «esta vez será mío»,
vaciaba tus copas,
viraba tus cartas sobre la mesa.
Ahora está junto a ti,
completo en su belleza;
diríase que intacto en su silencio.
Si pudieras abrir los ojos,
verías los suyos
perdiéndose por un túnel
donde tu sueño, deslustrado,
se ha quedado dormido.
¿De qué sirve soñar con los marineros
que echan sus redes al mar
y las sacan llenas de un tiempo vivo,
reluciente como sardinas
engastadas en la luz de todas las cosas
que alguna vez tocaron
la carne trémula del agua?
Ah, si pudieras ver toda esa calentura,
que se te escapa ilesa.
Si te fuera dado extender la mano
y apartar el velo.
Si al menos supieras que hoy pasó por aquí
el pájaro irrepetible
de tu vida.
DEL OTRO LADO
Nadie se llame a engaño.
El cuerpo ardiente, insaciable,
que palpo absorto en las palabras,
es apenas una digresión
de la memoria,
un leve corrimiento
del grito.
DE LA CIUDAD Y SUS COSAS
Será tal vez la ciudad
alguna de sus calles apareciendo
de súbito
en la retina del sueño
la ciudad con su inefable laberinto
de desperdicios
desgastando los zapatos
un agujero en los abrigos
la distancia
acumulándose en las vidrieras
cal viva
la ciudad viva
su resplandor
jadeante
entre la niebla
toda la ciudad
acodada acordada
acordonada
en el recuerdo
tras la palabra ciudad
yéndose a pique
la ciudad
KAIROS
No tengo más que este minuto,
su luminoso prendedor en mi garganta.
Es todo el Tiempo.
Y basta para masticar
la piedrafina del olvido.
O hacer como los muebles
que todavía te saludan
con ensayada aristocracia
cuando ya la madera se ha vuelto nube,
muerte justa,
inviolable ausencia.
SINFONÍA DE LOS ADIOSES
Los músicos comienzan a marcharse
uno a uno.
Se retiran en silencio,
sin dejar atrás una sola marca de nostalgia,
o de arrepentimiento.
La sala, iluminada todavía por candelabros y manjares,
se va vaciando de su propia música.
Las partituras permanecen en su sitio,
pero el pentagrama se ha vuelto ya ilegible,
y desquicia las maletas,
la rosa de los vientos de los viajeros.
El clavicordio se enfrenta a su deterioro
sin un quejido.
Como a una fruta desterrada del paraíso,
le están vedados el sabor, los naipes de la esperanza,
las bodegas de los barcos.
Las crines de la noche se recojen en un pañuelo
macerado por el sudor de los atriles más profundos.
Y en el paisaje lunar de la muerte
resuenan pasos ajenos,
olorosos a rosas desdentadas
que requiebran los pavorreales de la destrucción.
Hagamos nuestras propias conjeturas
sobre el regazo carcomido de la madre,
y, entre espasmos,
acariciemos el borrón inflamado, intraducible,
de ciertas palabras.
El gusano de la sangre – no hay que olvidarlo –
tiene un excelente oído para la música.
FRANCISCO MORÁN: Poeta, ensayista y crítico literario. Ha sido compilador de la antología de poesía cubana "La isla en su tinta" y es editor y director de la revista electrónica "La Habana Elegante".
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