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Estudio del Sur

MAE ROQUE: LA HIJA DEL TABERNERO.

MARILIN ROQUE GONZÁLEZ (Mae)
Jaguey Grande, Matanzas, Cuba, 1972.
Poeta y narradora. Ha publicado los libros de poesía: Yo,Safo, Aguas muertas, Poemas para entretener al loco, La ronda y La hija del tabernero.
Poemas suyos aparecen en numerosas antologías nacionales e internacionales y en publicaciones periódicas.



Habla la hija del tabernero

I
Hoy me puse los lentes
para escribir una historia.
Descubrí que bajo la mesa
el mundo es un escarabajo
con mezclas de omnipotencia y náuseas.
Todo se confundió con la taberna.
El diablo, los hombres,
la morbosa manía de esconder las palabras.
Descubrí las diferencias del verde,
el matiz asqueroso en el vómito del suicida.
Y por qué algunos juegan su suerte al azar.
Quien tira las cartas
no es de mis preferidos.
Me observa con odio
cuando digo que somos diferentes
pero el destino es igual para todos.
Uno se anima entonces a contar:
-- Yo casé ballenas en el Ártico.
Otro:
-- Yo tigres en Asia.
Empujada por la misma melancolía
revelo haber casado vidas para mis hojas.
Y soy el más cruel de todos.
Vendí mi infancia a los necesitados de fe.
Traicioné la sangre del buey que mi padre brinda.
He sido el monstruo,
el olvido a regresar de cuantos llegan,
el fantasma de la soledad.

II
Hoy la taberna sigue estando llena.
Fría como siempre.
Las hojas siguen en blanco.
Salí a tomar el aire contaminado
que viene de la ciudad,
al volver el rostro
nada de cuanto ví existía.
Comprendí que la noche había sido larga
y me corté las venas.

Marginal

I
La tristeza
de la mujer que fui,
estas mis manos
cuando solía perderme en los tejados.
Este era mi rostro
cuando tenía una casa y unos padres.
Yo era la niña rara que amanece en las calles
con una botella bajo el brazo
y no cree en las buenas intenciones.
Ahora soy la otra y no esa.


II
Demasiadas preguntas
quedaron en el fondo del vaso.
Y se fue el recuerdo
de la mujer que hoy me ronda.
La que vistió mis telas
y corrió descalza en los pantanos.
Llega sucia,
ojerosa,
muda.
Impenetrable como las piedras,
fría,
inalterable,
pero temblando.
Ella es la que hace las preguntas
mientras yo río con los extraños.
Viene con una niña del brazo,
niña que mira incrédula,
me extiende sus manos
también ella temblando.
No quiero verlas,
pero están ahí,
sonriendo a pesar del abandono.
Yo, sin que ellas lo sepan,
soy el vaso.

Encontré a Dios una tarde
y mi tirapiedras apuntó su pecho.
Lo pinté de carmelita,
lo puse en el patio
para ahuyentar demonios
que se llevaban los sueños
en el bolsillo de la camisa.
Encontré a Dios
la primera vez que odié
y confundí el paraíso
con una cuchilla de afeitar.

Confidencias


A pesar de los silencios
el detonante de esta noche será un grito.
Un sordo disparo
que saldrá por la ventana
de algún cuarto perdido en la ciudad.
Tan solo el grito y la noche
quedarán para juzgar
los ojos de esta mujer
que se descubre.
De soles vestida llega la visión
que ha desgarrado el insomnio
para hacerla dormir entre los náufragos.

Dos fantasmas de mujer
que nadie reconoce en el aire,
en la ventura del próximo día.
Sólo la noche y el grito.
Ese que estalló
cuando dos mujeres se amaban
en algún rincón de la taberna
mientras el mundo afuera
moría.

Taberna.
Tu suelo son los pies del mundo.
Por él me arrastro y bostezo.
Mira estos ojos de morirme,
de saltar al tejado
cuando el silencio revienta sobre las mesas.
Cansado de tanto
ya no sé si miran
o naufragan junto a mí
en este mar de ciudad,
en esta noche de siempre junto al vino.
Alguien te robó el paisaje,
la dulce visión de un universo
que añorábamos compartir.
Nos queda el pantano
y esos fantasmas míos,
los monstruos que desterramos
para sentirnos buenos,
mientras ellos sospechan
el misterio de la botella.

¡Ah, taberna!
Levanta hoy tu brazo
y bebe conmigo
el trago añejado de esta soledad.
Hay quien dice
Que la soledad es como el buen vino.
Mientras más viejo
menos han sido los de valor para beberlo.

Mis mujeres

Esa sonrisa dibujada en rostros ajenos
han sido la fuga inevitable,
el eterno naufragar sobre el espejo,
la pérdida,
que nunca he querido perder.
Es imposible enumerar
cuántas veces fue dichosa una mujer.
Imposible la palabra
en este caminar
sobre pedazos de uno mismo,
sobre noches entre el vino y el estío.
Noches etéreas
donde el amor llega y se marcha
en los brazos de la duda.
Noches de masticar la soledad
en la boca de otra que se aferra al sueño.
No es posible señalarlas,
el infierno es un sitio donde no existen,
cuerpo ausente al otro lado de la cama,
el café a solas.
Mis mujeres son el andar de un tiempo
salvado del desastre.
Cada una se llevó una parte de mi suerte
a ese lugar extraño que es el cielo.
Por ellas he existido alguna vez.
Suave mezcla entre diosas y putas
siempre infieles como la vida.
Musas tristes de estos versos
hechos a golpes
cuando recuerdo
que también yo me desnudé
en la noche de otra
en algún cuarto de hotel.


El juego

Esta noche en la taberna se juega.
Mientras la botella gira
los asiduos apuestan
y los nuevos visitantes tiemblan.
Aquí toda vida se conoce.
De alguna forma se van quedando
en el filo de la navaja,
en el fondo del vaso,
en el misterio de la botella.
Los que vienen a escuchar
cuentos llegados de la India
pueden dejar historias del más allá.
Todos culpables e inocentes.
Hasta los abstemios,
los poetas sin alma de poetas
acuden disfrazados con la piel de otros.
La taberna sabe tentar a los hombres.
Cuando la botella gira
el silencio es pesado,
duele.
Las miradas se mezclan
al centro de la taberna.

La botella se detuvo.
A partir de ahora
te ensucias con el lodo de uno,
te limpias con los sueños de muchos,
quedas por pedazos en las manos de todos.
Para el final se habrá hecho la magia.
Se esperará a la próxima vez
para seguir viviendo.

Archivado en con fecha 05/may/2007 - 0 comentarios

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