Por Damaris Calderón
Entre el mono ridículo del ideal y los pensamientos caminados, se filosofa (se escribe), con el martillo. La pared, la cabeza, el muro, se horadan con el martillo. Martillazo nietzscheano, latigazo que prodiga, (procura) la escritura, la auténtica creación.
En el principio no fue el Verbo sino el silencio, la oquedad primera, el vacío repleto... de muerte, el zauma, el asombro, perplejidad por no poder decir. De esta tensión (pulsión) entre lo percibido y su (in)comunicación a través de lo enunciado, parte, a mi juicio, la poética de Carolina Lorca.
En su libro “Ciegos”, Ediciones Altazor, 1999, ya se plantea la oclusión de un sentido corporal bien específico: la vista, para alcanzar la videncia, y se establece la no correspondencia entre el decir (lo que se intenta decir) y la voz. En la Introducción del poemario se nos habla de una “biografía que no encuentra, biografía que busca en otro tiempo la sintonía...(donde) lo que ha de venir huye de decir mío/ No encontrando voz”. “Mudo el gesto, sofoca la luz inútil”.
La demasiada luz (inútil) no es aquella que perciben los sentidos (viejo topo), sino la que escucha el ciego “en los árboles, en el camino”, de este modo se engarzan a través de la ceguera (y la figura del Ciego) temas que se relacionan con el ocultamiento/ develación de la fysis, que no traduzco por “naturaleza” sino como “fuerza natural creadora”. Y si, en el mundo revuelto queda algo por ver, (y la videncia es alcanzada), es inexpresable a través de la(s) palabra(s), y “el cese de hostilidades trae el deseo de/ ya no hablar, ya no más ese trabajo sucio”.
En su ambiciosa Trilogía de los presentimientos, (Ediciones El Retiro, 2001,) especie de intento de cosmogonía, con un impresionante Presentimiento de Chile y del poeta, encontramos (en este último), al solar pájaro pindárico convertido en un pelícano, arrojado en la oscura vía, “perdido en el centro”. (...) “Y a quién sino a ellos/ les arrebatada/ la palabra”. Entonces: “La sensación de las formas así dispersas/ vuelven/ para ser música, clarinete, clavecín/ mas nunca/ voz humana”.
Sobrecogedora y rotunda afirmación que, además de sus ostensibles filiaciones explícitas (Hörderlin, Kafka, Fassbinder, entre otros), la acercan a cierta zona de la poesía de Celan y a la pregunta heideggeriana, desatada por el poema de Hörderlin “Pan y vino” ¿y para qué poetas en tiempos de miseria?
En tiempos de desastres, asumiendo que un poema no es sólo un objeto hecho de palabras, Carolina Lorca intenta desprenderse “del trabajo sucio”, del deseo de hablar. Escribe contra (y a pesar) del lenguaje.
A R. W. Fassbinder (su cuarto poemario), es un libro ascéptico, escrito con escalpelo, con la mano, fría en su intensidad, como el amor (o la muerte). Las palabras caen en migajas, divididas, seccionadas, como el verdugo-forense secciona un cuerpo.
La aproximación a la vida, la obra , y , sobre todo, a la muerte del conocido cineasta alemán, permiten a la poeta crear un hábeas donde se indaga sobre la (precaria) condición humana y las intrincadas, cruentas relaciones que se establecen entre “uno y el universo”: el enigma. Puede, sin embargo, el hombre, como Edipo, (sombra de un día) vencer a la Esfinge en su acertijo? Aceptar entonces que se es un ser para la muerte, pero aceptarlo con rebeldía, “con la certeza corporal en todo lo que se hace”.
En el comienzo del libro, en sus Instrucciones, Carolina Lorca deja establecida su poética: “para/ leer/ entre/ líneas/ hay/ que/ saber/ que/ cada/ espacio/ en/ blanco/ está/ lleno/....de/ muerte”.
Leer entonces entre intersticios, entre fisuras, entre el espacio-blanco-lleno...(de muerte), escuchando, no lo que la letra dice, sino el silencio albo-entre líneas.
La poeta, estableciendo recursos de distanciamientos brechtianos, no apela en ningún momento a la efusividad o complicidad del lector. Como un guión cinematográfico se apropia de textos de Fassbinder que interviene y fusiona con poemas propios logrando un hábeas (cuerpo) único inobjetable. Así, el libro se va dividendo (o conformando) en Instrucciones, Sinopsis, La muerte, Explicación del escenario, Protagonistas, Intermedio, Personajes, Querrelle, La decisión y un Epílogo, seguido de un apéndice: Lo poeta, un Final interminable y un Travelling.
La Sinopsis (en palabras de Fassbider, que en un libro convencional podrían haberse convertido en un epígrafe), la autora las utiliza como parte integradora de exposición o resumen del trabajo resultante. Devienen (también) en especie de poética y, es interesante recordar quizás su etimología: Sonopsis: con vista, reestableciendo así la conexión de este poemario con preocupaciones que ya había “tanteado” en “Ciegos” como ya se ha apuntado sobre la ocultación/ develamiento. “...Me parece que el amor es el mejor,/ el más insidioso,/ y el más eficaz/ instrumento de represión social”. (Fassbinder).
Lorca-Fassbinder trabajan temas como el amor (más frío que la muerte), el poder, el conocimiento, la cobardía, la crueldad, la “objetividad” del arte, la libertad, (o su falta), la creación y destrucción permanente como condición ontólogica del ser. Posturas que, a mi juicio, acercan a la autora en este texto a filósofos como Nietzsche, quien considera que “la cultura es un refinamiento supremo de la crueldad” y a Heráclito de Éfeso , “el oscuro” para quien también “la fysis ama ocultarse” (fragmento2, Obra cosmológica) y “la guerra es la madre de todo” (fragmento 44, Ibídem), y “No sabiendo oír, ni hablar” (fragmento 6, Ibídem).
En el apéndice Lo poeta, más que un trabajo sobre “el poeta”, descartado por el artículo neutro, Carolina Lorca trabaja sobre una materia, poética-filosófica, (sin escisiones).
En el Final Interminable, asistimos a la combustión de la vida, la “muerte sin fin”, el latigazo destructivo (creador) frente al letargo: “Si hay algo, hay movimiento. Sí? Y ahora ha llegado a ser así por el hecho de que aquí de una vez se ha establecido el sistema solar, que ya no se mueve(...) Y debe haber algo destructivo para que empiece a moverse.”
Carolina coloca los textos en alemán y español paralela, provocadoramente, pues sabe que toda traducción es una tentativa imposible.
Rigurosa, sin condescendencia alguna con el lector, exige de éste el mismo rigor para acceder a su texto.
En tiempos en que otros buscan el ornamento, la proliferación o el despilfarro, la poeta trabaja por supresión, con una austeridad implacable. El destello que emana de su poesía nace de abertura de la roca, del boquete hondo y se refleja en una navaja: “El cuerpo debe entender a la muerte...” , así como debemos entender que el arco (biós) cuyo nombre es vida (bíos) tiene por obra la muerte. (Heráclito)
La obra de esta poeta restituye el pensar, (el poetizar) a su unidad primera, cuando la filosofía empezó siendo poesía.
Monos gramáticos irrumpen todos los días: Carolina Lorca guarda “la transparencia/ del callar”.
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