SUAVE CÁNTICO
Tú no le compraste cuna a tus hijos.
Tus brazos los arrullaron para que durmieran
repegaditos a tu pecho.
quizás porque sabes que los bebés
no tienen oídos para escuchar el canto de la boca;
sus pequeñísimos y frágiles oídos
sólo oyen suavemente el cántico del corazón materno.
ESPEJO
Bacinica, bacinica,
espejo de mi somnolencia, díme:
¿existe en toda la tierra otra mujer más pobre
que yo?
CANCIÓN TRISTE DE LA MUJER MAYA
Canción triste de la mujer maya recién fallecida su madre
Je’iiiiiiiin, je’iiiiiin,
Mi madre hermosa,
¿es la noche quien le unta la más larga
de las pesadillas a mis ojos
o es verdad que tu cuerpo se haya tendido
cual pequeña torcaza,
para no alzar el vuelo más?
Je’iiiiiiiiin, je’iiiiiiiin.
Abierto mi pecho por las garras del dolor.
Tendido mi entusiasmo por la tristeza,
Asaeteado por el quebranto.
Aquí mi alma
asida a los pies de tu alma que se eleva como
el humo de mi fogón,
madre mía,
porque el pájaro carpintero de tu corazón
ha cesado su muy animoso picoteo en el árbol
de tu pecho.
Je’iiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiin.
¿Adónde vas, pupila de mis ojos?
¿ Adónde vas, claridad de mi vista?
¿Por qué me abandonas en la más
negra noche?
Je’iiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiin.
Se han cerrado tus ojitos
para no mirarme más.
Se ha cerrado tu boquita
para no llamarme más.
Je’iiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiin.
Con qué dolor se encarama este penar
en mi corazón,
con qué dolor estruja este padecer mi corazón.
Si una vez herí tus ojos con mi atrevimiento,
pérdoname, madre mía, perdóname.
Si una vez lastimé la delicadeza de tus oídos
con la impureza de mis palabras,
pérdoname, madre mujer, por piedad perdóname.
Je’iiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiin.
Con qué heladez se empequeñece mi corazón,
como la heladez de tu cuerpo que yace ahora.
Con qué amargor me arde la semilla de los ojos,
como el amargor de mi saliva retenida
en mi garganta.
Je’iiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiin.
Canción triste de la mujer maya mientras llevan a su madre a enterrar
Je’iiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiin,
Mamacita linda,
ayer a esta hora conversabas conmigo
con viveza en los ojos,
con viveza en el ánimo;
comiste conmigo.
Hoy
nos encaminamos al lugar donde te quedarás.
Hoy que te llevamos en tu ataúd
me pesas en la mirada,
me pesas en el alma.
Je’iiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiin.
Bella madre mía,
te vas,
me dejas con el sufrimiento en mi corazón.
¿Pero qué dirá mi alma
mañana cando no vea tu rostro?
¿Mañana cuando mire que tan sólo tu hamaca
cuelga?
¿Mañana cuando no vea tu ropa vacía de tu cuerpo?
¿Mañana cando mire las sandalias vacías
de tus pies?
Je’iiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiiiin.
¿Y qué dirá el sol
cuando se introduzca bajo la puerta a besar
tus pies
y no estés?
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiin.
¿Qué dirán tus gallinas
cuando te llamen a recoger sus huevos
y no estés?
¿Qué dirán tus pavos
cuando como atletas en maratón acudan
a engullir en la palma de tu mano
y no estés?
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiin.
¿Y qué dirá la tarde
cuando se detenga ante la puerta para acariciar
tu frente
y no estés?
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiin.
No te veré más, madre mía.
Ni mañana,
ni pasado mañana,
Para nunca más.
Soy huérfana de madre en este mundo;
solitaria soy en este mundo.
No quiero,
no quiero este padecer. Madre hermosa,
es que no lo quiero,
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiiiiin.
Que lo tenga a bien doña Felipa,
que lo tenga a bien doña Anastasia,
que lo tenga a bien doña Lorenza.
Ellas que vertieron el veneno de sus bocas
sobre el nombre de mi madre.
Todas las angustias que a ella le causaron
un día me las pagarán.
Ahora que bailen,
que se rían,
que brinquen,
que hagan piruetas,
que hagan fiesta y revienten voladores.
Confío tan sólo en el gran Dios,
que me preste vida
para estar y ver se mastiquen sus lenguas
cuando les llegue la muerte.
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiiiiiin.
Nos acercamos a donde has de quedarte,
hermosa madre mía.
Mis oídos no escucharán más tu risa,
mis oídos no escucharán más tus consejos.
Mañana temprano,
¿con quién desayunaré?
Mañana temprano,
¿a quién he de ver?
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiin.
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiin, mi hermosa y mujer madre.
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiin.
Canción triste de la mujer maya en el entierro de su madre
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiin, mi madrecita linda.
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiiiiin.
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiin, mi bella y mujer madre.
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiiiiin.
Entonces, mi Dios,
se queda a la diestra de tus manos.
Te llevas a quien me amó desmedidamente
sobre esta tierra.
¿Qué más?
Sólo te pido, mi Señor,
que toques con tu mirar la llaga de mi corazón
y apacigües así mi dolor.
Qué más, madre hermosa,
te quedas aquí,
y mientras conversas con el silencio
yo conversaré con mi quebranto.
Qué más,
te has ocultado como el señor Sol
pero mañana éll asomará de nuevo
y tú no,
por eso un gran daño estrecha mi corazón.
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiiiiiin.
Te beso por última vez, madre hermosa,
te beso por última vez.
Todas tus palabras acurrucadas se hallan aquí
en mis oídos como pequeñas palomas.
Miro tus ojitos
y es como si durmieras.
Veo tus labios
y es como si fueras a reírte.
¿Es tan verdad que tu nariz ya no
se columpia en el aire?
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiin.
Te introducen ya en tu sepulcro.
También se introduce toda mi alegría contigo.
Madre mía,
te echo, con todas las lágrimas de estos
mis ojos que te aman,
un puñado de tierra;
yo,
tu hija a quien estos momentos el dolor
le perfora el pecho.
Has de saber que te llevas mi corazón,
has de saber que te llevas mi espíritu,
has de saber que te llevas mi cariño.
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiiin.
Qué más, madre mía,
hasta nunca.
Mi adiós a tu hermosura,
mi adiós a tu rostro,
mi adiós a la semilla de tus ojos,
mi adiós a la suavidad de tus cabellos,
mi adiós a tus oídos,
mi adiós a tu nariz,
mi adiós a tus labios,
mi adiós a tu pecho,
mi adiós a tus senos,
mi adiós a tus manos,
mi adiós a tu vientre que tanto amo,
mi adiós a tus pies,
mi adiós a la punta de tus dedos,
mi adiós a tu querer.
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiiiiin.
Qué más, niña de mis ojos,
que más, alma mía,
te quedas en tu sepulcro,
yo regreso afligida y solitaria al pueblo;
Me pesa el corazón por regresar tan sola;
me duele el corazón por regresar tan sola,
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiiiiiin.
Mi sufrimiento no tiene fin,
mi sufrimiento no tiene medida.
Je’iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiin, je’iiiiiiiiiiiiiiiiiin.
Heredera de la fecunda tradición maya, Briceida Cuevas nació en Tepakán, municipio de Calkiní, estado de Campeche, México, en 1969. Hizo estudios de secundaria y comercio. Ha publicado en revistas y diarios diversos. Sus poemas se recogen en Flor y canto, cinco poetas indígenas del sur, editada por el INI y la UNESCO, 1993, y Tumben Ik't'anil ich Maya T'an, poesía contemporánea en lengua maya, editada en España, en 1994. En 1995 publicó el poemario El quejido del perro de su existencia. Es una autora bilingüe, cuyo castellano recoge e incorpora también la riqueza de las tradiciones orales de su cultura , como el espléndido lamento funerario "Canción triste de la mujer maya". Los poemas aquí seleccionados pertenecen al poemario Como el sol.
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