Estuvimos tan cerca del silencio y tan lejos de la vida. No bastó correr descalzos, caer desvanecidos en la extenuante claridad del mediodía y traer al insomnio los pies heridos de lluvia. La lucidez solo llega de noche: cuotas de verdad aniquiladas lentas en el fuego, pavesas impulsadas como gusanos en el féretro, amores aporreados por el azadón anónimo del sepulturero.
Hambrienta e insatisfecha la descarnada boca de madrugada arrasa con el rumor, la sombra, la endecha, la agonía. ¿Es tan lejos pedir y tan cerca saber que no hay? Los versos se extinguen como se extingue la oscuridad, como me extingo yo pausado en las palabras, como desaparece con el sol la sed en el cántaro.
Pero ¿qué hacer Alejandra? La tristeza es torpe, necesita ocultarse en los párpados.
Wang-Fô teje el estambre con la suavidad del laúd.
Los colores fijan sus luces diamantinas, señales de una llamarada desmentida por un amasijo de manchas confusas. No se sabe si Wang-Fô desconfía demasiado o si el mundo no es más que un cúmulo de imágenes umbrías, borradas sin cesar por nuestras lágrimas.
Los poetas también intentamos pintar las letras, uniendo la niebla del lenguaje, presintiendo los secretos íntimos de los recodos, como si las palabras ardieran y al mismo tiempo quemaran sus propias cenizas.
Por eso los dos intuimos que la vida arañada por las palabras sólo abre la diáspora del alba.
Annabel Lee
Aparecen tus ojos inflamados de bruma, con los cuales miras en la noche, dentro de ese abismo la palabra se impone, el pensamiento no cesa.
Los segundos, fijos en el reloj, se pierden entre las sabanas de ese rostro que desconozco en la mañana. Amordazada la cama se refleja en los espejos. De pronto despiertas del puente que nos escinde.
Estamos fracturados por los destellos que dividen nuestros cuerpos. Y uno se ve atrapado en esta cosa de decir algo,
pero mientras más nos acercamos, más alcanzamos el paisaje.
a M. S.
Vasta es la casa que conecta con los muertos. La música arrastra su arquitectura invisible, no necesita de explicaciones. ¿Será verdad que en esta época de espera ya no existe más que decir?
El silencio, allá fuera, inunda las habitaciones, y tú aquí sentado deseas olvidarte un poco más de ti mismo.
El lenguaje se resiste a la gotera del reloj, conserva sus repliegues. La paciencia teje la estancia dormida de las cosas. Los ancestros perduran en los intersticios de la vigilia y el sueño. Como ahora: la luz / redondea el espejo convexo / disolviéndose extenuada / al interior de su imagen interna Revela / las múltiples formas de los rostros / el dolor del hogar perdido / la oscura trama de la vida.
La jardinera
Una intensa luz se recuesta en el jardín. Las palomas aparecen desde las sombras, vuelven del norte y sus gorjeos ruedan por la mañana. ¿dónde está el trino? La garganta se va anudando en el canto, y dices que al medio hay un abismo sin música ni luz. Deseo volver a la hiedra enraizada del diamante fino, estrechar la patria gastada con tu cruda voz. Ahora que nos derrumbamos como arena, y se avecina la espaciosa oscuridad, el jardín abandonado del canto herido retira su iluminación. En él se ve asomar la siembra podada por ti misma en los rincones de tu voz.
Jorge Polanco Salinas (Valparaíso, Chile, 1977). Ha publicado los libros:
Las palabras callan (poesía), Altazor Ediciones, Viña del Mar, 2005, y La
zona muda. Una aproximación filosófica a la poesía de Enrique Lihn (ensayo),
Ril Editores y Universidad de Valparaíso, Santiago, 2004. Ha recibido la
Beca de Creación del Fondo Nacional del Libro de Chile, 2004.
Actualmente colabora en diversas revistas y antologías de poesía, donde
su preocupación primordial reside en los umbrales de la palabra.
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