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Estudio del Sur

ROLANDO ESTÉVEZ: LA VENA ROTA.

Fui llevado a un cine de barrio mientras mi madre hacía la maleta
Sobre la cama desvestida abre mi madre una maleta.
Es piel de imitación, hebillas plateadas
que la marisma de ambas costas al fin oxidará.
Es un asa de plástico o de plomo
donde la huella de sus yemas reposará intocada.
Sobre la cama desvestida. Mi madre. Una maleta.
Una tarde cualquiera. Como cualquier calle se llama
Buenavista o Capricho.
Una tarde, como un lugar cualquiera,
es mejor o peor.
Abre mi madre una maleta.
Coloca adentro la ropa de mi hermana,
la ropa de mi padre.
Para ella, tan sólo dos vestidos
última moda en Cuba
pero anticuados en Miami o París.
Lo demás fue burbujas.
Humo de cirios.
Aire de grasa fundado en la cocina.
Perfume de jabón huyendo de la ducha.
Silencio familiar junto a una tumba desyerbada,
y el ruido de un serrucho
que troza el madero destinado a clausurar la puerta.
Desde lo alto de la torre
donde los Doce Apóstoles marcan la hora en Praga
veo a mi madre haciendo su maleta.
Desde el Zócalo mexicano
que en cada anochecer recoge la bandera
veo a mi madre haciendo su maleta.
Desde los rascacielos newyorkinos
balanceándose como pudorosos borrachos
veo a mi madre haciendo su maleta.
Desde el Berlín que cada día
sigue volteando las piedras de su muro
veo a mi madre
ansiosa
haciendo su maleta.
Y una maleta nunca perdona los olvidos:
el hilo con su aguja,
el espejo pequeñísimo,
la foto enmarcada de perdón.
Una maleta anuncia los lugares dejados.
O anuncia los lugares que vendrán con sus nombres;
sitios heridos en el mapa de la palma derecha de su mano.
Los lugares se llaman:
Camarioca
El laguito
Puente aéreo
Pasaporte
Deshielo.
Se llaman:
Monney Orden
Refugio
Residencia
Candela.
Desde un cine de barrio
oscuro como la boca de un perro de pelea
veo a mi madre
aterrada
haciendo su maleta.
Una tarde, como un lugar cualquiera,
es mejor o es peor. Y si alguien lo decide
la tarde y su destino te mueven como ficha,
te imponen su paseo:
Cine Abril
Sarita Montiel
El último couplet
año sesentainueve.
Y el perro de pelea apretó sus quijadas,
y yo, con los ojos clavados en la pantalla enorme
veo a mi madre tranquila sentada en su maleta.
Ella no avanza hacia ninguna escalerilla.
Ella no muestra a nadie sus papeles de viaje.
Quien gira alrededor de su cuerpo es el mundo,
-plano y circular, alzado sobre cuatro elefantes-
gira vertiginosamente
y ella sentada
sola
ve pasar en silencio los días con sus noches
y ve pasar:
fábricas
hospitales
jardines de papel
campos de concentración
playas desiertas
desvanecidas torres
desconocidos rostros
camionetas
encajes inconclusos.
No se detiene el disco. Mi madre no parece tener náuseas,
ni ataques de risa ni de llanto.
Ha caído en un trance profundo
parecido a la muerte.
Un trance infinito de disco que gira y mujer sentada sobre su maleta.
Mujer ni triste ni feliz.
Sólo mujer sentada sobre su maleta.
Mujer, Hija, Madre
que nunca ha sabido que la observo
desde la butaca dura de mi cine de barrio
y lloro aún con todas las lágrimas
que a ella no le fueron concedidas.


La silla

El aquí y el allá
-como el norte y el sur-
son estaciones.
Pasan y vuelven
con el mismo rumor
de los caracoles sobre el paño.
Para mi madre
que no vive en los nortes ni en los sures
sino en la relativa tibieza de la hoja seca o el jazmín,
la nieve bocabajo en una taza
y el golpe de abanico contra el pecho;
el aquí y el allá se contaminan.
Con sus estacionarios atributos
se construyó una silla.
No una silla perfecta, vendible y confortable.
No la silla de Lam gritando desde el monte
y exhibiendo un florero.
No una silla en su casa ni en los viejos andenes.
No en plena constelación de multitud.
No una silla sentada en soledad
sino
una silla en la mar equidistante de las costas,
como una isla breve, nova;
tierrita donde la luz del día y de la noche
cae resumida en la tristeza de un solo rayo tenue.
No es una silla brújula.
No es una silla barco.
No va su silla al norte ni va al sur.
No va.
En su silla sentada en pleno mar
está
-como una venus primitiva
tallada en la roca del crepúsculo.
Y se desbordan del asiento sus caderas,
sus hombros de sal se pegan al respaldo
y como otra cascada de olas
los senos enormes, redondos, le caen sobre los muslos
y
amamantan los peces y los náufragos.

En su silla está sola. No deriva.
no navega.
Mi madre equidistante de las costas.



el fuego, el agua

Para Ana María Coro Barreto
Mi padre murió enfermo en un hospital de Miami.
Mi madre, el teléfono, la agonía.
Una pierna desandando tres días íntegros
por todos los basureros de la ciudad.
Los pulcros basureros. Los tubos de plástico por donde
se deslizó la pierna de mi padre
sin zapato, sin media, sin él.
Andariega obligada a un solo camino
a un solo crematorio.
El resto de su cuerpo duró tres días más.
Tres días. El teléfono. Tres días
dos días
un día.
Mi padre conversa desde su cama fowler
con sus hermanos muertos.
Con sus madres
sus padres
toda la humanidad de seres
y, la luz, father, la luz.
Y otro tubo luminoso que atravesabas
con tu pierna recuperada al fin,
porque nadie, ninguna buena espiritista
ha visto un ser con una sola pierna.
Padre andariego, mi madre no me ha dicho
si te fuiste a paso largo
como era tu costumbre.
Mi madre no me ha dicho muchas cosas.
Y cuando las sábanas respiran
aun con la forma de tu cuerpo cubano
en la cama vacía,
habla mi hermana:
lo tuvo todo, flores
atenciones de primera
las gotas y los sueros
el pulcro sacramento
un traje, una corbata
su reloj, un pañuelo de hilo.
Lo tuvo todo, flores
estate tú tranquilo.
Cayó la noche sobre el South West.
Cayó un pájaro de humo ligerísimo
sobre las vías rápidas de los elevados.
Sonaron en mi oído las sirenas,
los ruidos de las máquinas de todas las factorías.
No hubo entierro. Así lo había pedido.
No puede haber entierro si no hay tierra.
¿Qué patria de tierra para ti
movediza
como el corazón de un terremoto
universal
que muda de lugar los canteros
los surcos, los caminos de tierra?
Elemental mi padre quiso el fuego.
Elemental mi padre quiso el agua.
Ninguna tarja en ningún cementerio
del mundo.
Ningún ángel de cabeza quebrada.
Padre guerrero mío.
Padre, otra vez la paz de los sepulcros líquidos.
Mi padre quiso el mar;
el mar tiene el rumor
la bravura
los azules
los verdes
los violetas
los delfines
las algas
los navíos
los tesoros
los peces
los reflejos
Los caminos que vuelven a la Isla.
Y sobre todo tiene
guardados en su alma
a otros guerreros.


Converso con mi madre en la cocina

Hoy es mil novecientos setenta y nueve.
Hoy es diciembre.
Hoy es Cuba. Matanzas.
Volviste con un sombrero beige,
un traje sastre,
una mirada que redescubrí
dentro de la congregación del aeropuerto.
Por encima de los hombros, las cabezas,
las sombrillas de todos los ajenos.
Es decir, por encima, por debajo, por dentro
de aquella multitud de mis hermanos,
los que vinieron como yo
a esperar (te)
a besar (te)
a llorar conmigo.
Ha caído la noche y junto al campanario
este balcón ajeno para ti,
desde donde puede verse la bahía
plateada como un espejismo en el desierto,
condenado a partir.
Partir sin saber, sabiendo a ciencia incierta.
Partir en dos tu cuerpo, el mío
para que viviésemos como medias naranjas agrias
destinadas a enjugar platos ajenos.
Y junto al campanario hablamos de los muertos.
Y junto a la cocina, el agua,
agua salada, azul, saliendo por la pila,
bautizando las conversaciones.
Agua salada, azul, agua de sirenas
y de ahogados.
Agua de mar saliendo por la pila.
Agua de mar del muro.
Y tu mitad perdida
y mi mitad perdida.
Hacen un solo cuerpo
abierto,
extraño,
ajeno.
Cuerpo de mar, de muro de agua donde
flotan,
pasan,
mueren
los barcos que nos prometieron tantas cosas.
El muro

Yo soy un hombre más,
un hombre en dos partido por un muro.
En la parte de mí que soy mi madre
vaga una desconciencia color rosa,
unos guantes muy tibios
para agarrar con pinzas las vísceras sobrantes.
En esa misma parte soy mi padre
llevando el pan a casa,
rugiendo entre las jarcias con toda desmedida.
Blasfemado y muriendo y hasta resucitando.
Y en esa misma parte soy mi hermana,
y canto dulcemente una canción de otoño
con mi traje de niña: violeta, perfumado,
todo de cristalitos.
En la parte de mí que soy yo mismo
ellos vuelven a estar. Los acompaño.


La vena rota
escribe mi padre


Una sola gota.
Una gota más
y me detengo
desangrado en la gota última.
La gota que ha faltado para desbordar
la alcantarilla
la jarra
el océano.
Una gota más
y el diluvio del mundo me regresa por fin
-envuelto en una ola hermana-
a mi blanca
a mi bíblica montañita de sal
donde por fin caerá la luz sobre mi frente.
Es tan sólo una gota.
Gota que se resiste
escondida en la vena.
La gota impertinente que martilla
taladra
recoge la basura adentro de mí mismo.
Una gota rebelde
me detiene otra vida.
La gota que no corre
no sale
no me mata.
La gota que no sale
no corre
me desvive.
De qué me vale la herida
el chorro de alcohol burbujeando en el tajo
por el que nunca pasará
la gota sola.


escribe mi hermana
Hola. Estoy saliendo y te saludo
en todos mis idiomas.
Estoy saliendo y todo en casa es respetado.
El pájaro en su jaula. El paraíso en su cajón.
Las microondas de Pandora. Los rápidos carros
de los dioses que pasan
casi cantando con sus gafas de espejo.
Una cinta. Un sofá. Un productor de música.
Un botón. Otra cinta. Un picaporte.
Cada objeto de casa es una estrella
parpadeando en un cielo de satén.
Una vena delgada los enlaza
y me enlaza.
Con mi sangre palpitan, con su sangre
palpito.
Con una sola sangre y un solo laberinto
de venas que se enlazan
vamos viviendo
vamos cantando acostumbradamente
una canción pequeña
tan pequeña
como el tiempo que cruza
entre mi infancia y yo.
Entre la Isla y yo
hay una vena rota
como las colas de humo
que dejan los aviones
partidas por el cielo.
Por esta vena
rota
entro.
Esta limpia
traslúcida
sin sangre.
Penetro por su partidura.
Por esta vena rota
paso
caminando de espaldas.
Y casi sin saberlo voy llegando a la muerte.
Con un miedo sin miedo retorno presurosa.
Sólo cuando retorno soy capaz de tener
el lujo de un recuerdo:
el pájaro
en su jaula
no ha comido.




escribe mi madre
¿De dónde viene esta sangre si no siento dolor?
¿Será que mi dolor fue estrangulado por pastillas,
por un líquido negro y sideral penetrado a mi cuerpo
en sueros e inyecciones?
¿De dónde viene esta sangre sin dolor?
una mancha de sangre que circunda
como sombra cercana, amiga.
Una mancha en el fondo del caldero plateado,
en la puerta blanquísima del closet,
en la mirada de los retratos,
en el umbral cuidado por cortinas,
en la piedad olorosa del encierro.
Si esta casa huele a comida fresca
-no a matadero-
¿de qué parte viene la sangre
caliente
roja
cercana?
Mi bata está manchada
con la sangre de todas las parturientas.
Mi sábana está manchada con la sangre
de todas las adolescentes sorprendidas.
Yo no leí a Shakespeare. Sin embargo
hay una mancha
profunda
terca
siempre nueva.
Una mancha que se resiste a partir
por más que froto mis manos
-una contra otra-
con los más fragantes detergentes,
con las más antiguas esencias.
Yo no maté. Yo no corté carne. Yo no estoy herida.
Mi cuerpo está íntegro.
Ni una sola llaga.
Ni la más pequeña laceración provocada
por ningún rasurador,
por ningún filo de la luna.
Mi cuerpo está íntegro, sin embargo
mi alma canturrea como un trovador
-oscura es la melodía
no logro entender
no logro escuchar-
Mi alma canturrea resistiéndose
a ocupar su sitio
dentro de los vasos traslúcidos de la bóveda.
Mañana se abrirá esta casa.
Quizá esta mancha se sorprenda,
se ahuyente con el ruido de motores,
se contamine con el aire de los que pasan,
se diluya en la misma luz que la provoca.
O no.
Será entonces que estoy condenada
a esta bata de parturienta adolescente,
con una cola de encaje y sangre.
Una cola muy larga con chorros de lazos,
bordada con perlas como gotas rojas,
cosida con hilos de sangre.
Larga como un camino que nace de mi espalda
y me conduce para siempre
a donde no voy.

ROLANDO ESTÉVEZ es un importante poeta y artista plástico cubano. Ha sido el diseñador principal de Ediciones Vigía, Matanzas, Cuba, desde hace veinte años, y sus manos han ilustrado los más importantes libros de esta colección, así como la revista El Vigía.

























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