Las islas, los coliseos, las serpientes.
I
Las Islas. Los Coliseos.
Las islas son un coliseo. Espacio que abierto se cierra y cerrado se abre. Espacio natural y humano que funde, que todo lo mezcla.
El hombre construyó coliseos; la vista, el ojo que tiene necesidad de encantarse, olvida los detalles constructivos y retiene el espacio de semicírculo que la naturaleza regala. Círculo que no se cierra, círculo que empieza a abrirse. Las islas son un coliseo.
Toda representación está allí. Todo torneo con su gladiador que vence, con su gladiador que muere. Todo teatro con dos personajes. Siempre dos, cada uno de nosotros es el uno. El dos es el afuera, el otro, lo otro. Reto y concilio.
Los coliseos parecen inmóviles, recios. Las islas son madera fuerte, asidero seguro. Los coliseos son piedra dura. Las islas, rocas poderosas que rodean al mar. Propensos los dos al vértigo. Si la representación, la batalla, la danza se hace muy fuerte, el actor, el gladiador, la bailarina se marean, caen al suelo del coliseo. Tanto es el aturdimiento que no se siente el miedo. Si se corre dentro de una isla, siguiendo sus costas, atando la cabeza con la punta, viene el mareo. Si se nada con fuerza para alcanzarla, llega el desfallecimiento, el aturdimiento.
El Vesubio sobre el coliseo de Pompeya, lo aniquila y protege. Está y no está. El hundimiento de los nobles y castos atlantes. El movimiento que desintegra y aleja; que hunde y regala la posteridad a la Atlántida, la eternidad a Pompeya.
Los coliseos permanecen. Las islas permanecen. Víctimas los dos del tiempo. De los coliseos se ocupan los viajeros, los historiadores, los cronistas. De las islas se ocupan quienes las habitan. De los coliseos todo lo que sé lo encontré en los libros, las fotografías, el cine. De las islas sé tanto como saben todos los que viven en ellas. Lo sé todo de las islas. De las islas, como de los coliseos, nada sé.
Las islas son muchas. Son y han sido. La Lemúrida se fragmentó en islas. Islas se unieron y los espacios terrestres se hicieron mayores. Islas se han separado para hacer abismos. Movimiento browniano, continuo, que los siglos sufren. Movimiento browniano, continuo, que pasa desapercibido. Ahora lo ves, ahora no lo ves. Nacimiento y desaparición. Magia sin mago. Mago el tiempo. Dios mago. Hombres magos. Magia que aconseja no enumerar, ni nombrar, único modo de coincidir nombrando.
Las islas, se sabe, son siempre utopía. Sueño del náufrago y de los amantes. Historia que se cuenta a los niños a la hora de comer. El habitante de continente, necesita respirar el aire de isla, la plenitud del descanso, del ocio. El filósofo desde la antigüedad pensó en irse a meditar a una isla. Mi madre cuando quiere escapar del ruido, quiere ir a una isla. Quien se encierra en sí mismo, en sus pensamientos, en su campana de cristal, se separa de los otros como una isla. El rincón de una habitación es una isla. El cuerpo de una mujer es una isla. Isla soñada, idealizada, barroca. Isla donde vivo y escribo. Mujer de una isla soy. Agua y verbo.
II
Las Islas. Las Serpientes.
Diversas son las formas de las islas. Diversas pero sólo dos son esenciales. Alargadas o redondeadas.
Serpientes siempre. Serpientes que a veces se enroscan como gradas de coliseo. Anillo de escamas. Serpientes actrices. Actores que silban y se cambian los vestidos.
Reptiles sin pies y sin veneno. Las islas no son, no serán jamás venenosas. El salitre del mar purifica, limpia, despoja sus lenguas de cualquier veneno.
Así, Gran Bretaña es una serpiente alargada, con la lengua mojándose en el Canal de Minch, (lengua que pertenece a la cabeza que nace en Escocia) y el otro extremo asentado en las aguas del Canal de La Mancha. En contraste, Irlanda es un anillo, serpiente enroscada en busca de refugio contra el frío, protegiéndose de los raros contoneos de la serpiente británica. Islandia que es otro anillo, también está enroscada pero no tiene la tensión de Irlanda. Islandia está anillada pero más quieta y plana.
En Indonesia hay serpientes alargadas y hay hijos de serpientes; son serpientes pequeñitas con el cuerpo aún sin definir, anatomía que sólo los siglos, los milenios concluirán.
Groenlandia es la serpiente mayor, tiene una gran cabeza, enorme, abultadísima y el cuerpo no se ve, está oculto seguramente bajo las aguas congeladas del Ártico. Yo no lo veré pero alguna vez ese cuerpo emergerá para levantar, elevar al cielo, los macizos montañosos de la Siberia.
Las islas pequeñísimas de América son huevos de serpientes, a algunas sólo le asoman la punta de la cola como las Galápagos.
Y hay una isla, serpiente perfectamente definida, escultural, con una lengua delicadísima sorbiendo las aguas caribeñas, una lengua que se llama Cabo de San Antonio y una cola hermosa aplanada que se llama Punta de Maisí.
III
La Isla-Serpiente. El Coliseo.
Antes de llegar a la mitad del cuerpo, a medio camino entre la cabeza y el estómago. En el cuello grácil, seductor, serpenteante, la ciudad de Matanzas, la que a veces también llamamos "Ciudad de los Puentes", coincidencia que la iguala a Dublín, otra ciudad de Isla que recién supe también tenía ése por nombre más antiguo (BAILE ÁTHA CLÍATH).
Aquí está mi casa, pequeño punto en el coliseo. Minúscula escama en el cuerpo de la serpiente. Mi casa llena de agua por una tubería sin reparar que hace que todo el que entre, llegue a mí con los pies mojados. Casa de paredes húmedas siempre manchadas. Sombras vencedoras sobre cualquier pintura: si pintas de colores claros, aparecen manchas negras y si de colores oscuros, aparecen manchas blancas. Paredes llenas de libros. Rincones llenos de inútiles muebles imposibles de tirar porque luego serán necesitados.
Casa con telas de araña para retener monedas. Hilo de agua que no llega a los sitios altos. Casa de patio pequeño donde no da el sol. Habitaciones sin puertas.
Plaza cerrada sin capital. Casa con pecera y una perra sin pedigree. Muchos cuadros y ninguna pintura original. La nevera llena de frascos de agua fría y poco más. Casa con muchas cintas de música y muchas bolsas vacías celosamente guardadas para ir al mercado, comprar y volverlas a guardar para ser vueltas a llenar, cíclicamente.
Casa cerca del río. Casa con mi hija y mi madre. Donde los hombres van y vienen pero nunca se quedan. Mi casa donde hubo gatos y ya no están. Único remedio contra los ratones. Una gotera sobre mi cama hace que cuando llueve se me inunde la cara y se salpique una minúscula reproducción de Las Meninas.
La rareza es Las Meninas bajo la lluvia en una casa de Matanzas, donde llueve pero no como en Dublín.
La sala de mi casa es el rincón más alejado del salidero, de la fuente que no canta. Un sillón de caoba delante de la pecera, con el agua a mi espalda y el agua al frente es el sitio seguro. La sala de mi casa y en la sala yo; el bolígrafo en una mano, el cigarro en la otra, sobre los muslos delgados un block de notas y la vista escurriéndose -como agua- por entre los barrotes de la ventana, mirando a la calle, al Coliseo.
El tragafuegos y el tragaespadas caminan a un lado y otro. Ir y venir en la simulación de las sombras. Sin luz atraviesan la calle muchas veces: vigilan las casas, tratan de adivinar dónde se vive mejor, cuáles muebles esconden figurillas de porcelana, quiénes viven solos, desolados, con unos deseos inmensos de oír historias contadas por quien le arrebatará de las manos la pulsera, la ilusión y la vajilla de plata de los antepasados. El tragafuegos y el tragaespadas conocen muchas historias.
El tragafuegos habla, convence a los que están solos. El tragaespadas descubre los sitios exactos, las minas doradas. Luego no se sabe quién golpeó ni quién se llevó los caprichos de porcelana, el dinero del fondo del armario. Se confunde todo, el tragafuegos, va espada en mano. Al tragaespadas le brilla mucho la mirada, es ardiente, quemante. Se confunden en las sombras, se mezclan y desaparecen en la búsqueda de otros solos. Tengo miedo pero va pasando. No estoy sola, los barrotes están ahí, deteniendo la arremetida y tengo una perra que ladra, que da la vida.
No necesito más. Puedo contar la historia del tragaespadas y el tragafuegos. Estoy dentro de mi casa y no llueve. Ahora hay silencio y en el silencio hay ruido de tacones airosos, alegría de la noche. Son las bailarinas que entran al baile del Coliseo, beben y sonríen a los hombres que hablan extraños idiomas. Las citas son concertadas. Es el estallido de la noche. Ellas visten como nadie y huelen como nadie, ellos las respiran y las desvisten.
Se separan al alba; los hombres sin saber el nombre de las jóvenes bailarinas. Las jóvenes con los bolsillos llenos de regalos. A mí se me terminan los cigarros, no huelo a ninguna esencia pero todos saben mi nombre. Los regalos han sido escasos pero las conversaciones largas en la luz. Estoy sola, lo sé, los pies pegados al suelo, sin baile, pero puedo levantarme a beber agua helada. El agua todo lo calma, todo lo consuela. Veo las bailarinas pasar, pido agua a mi hija y me señala el salidero de la entrada, le digo esa no, la otra y me señala la pecera. Nos reímos tanto que lo olvido todo, cambio todo el glamour y el taconeo de la noche por el vaso de agua que mi hija no me alcanza, por el vaso de agua que ya olvidé.
Seguimos sin luz, tampoco hay gas, la noche va avanzando y a ciencia cierta no sé qué voy a comer y pienso si no como, si no me alimento, terminaré muy pálida -como los hombres del Greco- pienso y suspiro por esos dedos largos y delgados.
Nos separa y nos une a los otros una línea quebradiza. Yo también esta noche me entrego a hombres desconocidos, a los hombres del Greco. Ellos no pagarán mi tristeza, tienen las manos vacías.
En la penumbra el rostro del Caballero de la mano en el pecho es blanquísimo, frágil. Y no sé si es la palidez de no comer, la palidez de los locos, o de los amantes. O acaso la palidez es una sola y me asusto y casi no veo para escribir. En medio de la oscuridad le canto a mi hija y voy confundiendo las canciones. Se escucha un ruido infernal, la desafinación total y la risa alta hace que vuelva el rojo a mi cara, se colorean las mejillas y la mirada es otra vez ardiente. La palidez era otra cosa y al final quedaba algo de pan para comer mientras se hace silencio en la calle y sueño con una oscuridad más cerrada; mi sueño permanente de ver las noches del Amazonas.
Si viene la luz desaparecerán de golpe los hombres de El Greco y sabré que el agua oscura era el salidero de la entrada y no la noche sobre el Amazonas. Se me irritarán los ojos y no podré abrirlos pero lo mejor de la noche será el grito del descubrimiento de la luz.
En algún momento la luz volverá a las casas, -de golpe, de improviso- irán los gritos de alegría. ¡Salve la luz! Felicidad de la serpiente. Euforia ante la llegada de la luz. Es hermoso el brillo de las escamas en la luz. Recibimiento de la luz como la luz merece.
Las serpientes no pueden vivir sin luz. Es la hora del sueño. Lo que me separa del medioevo es el sueño. Mi cama con las sábanas descoloridas me separa de la Edad Media. Los gritos de los alumbrados, la algazara de los iluminados es lo único que me separa de antiguas y oscuras edades. Gritos, algazara, alegría sin límites. Luz en la casa. Contoneo de acordeón. En la cama, en el sueño, soy lagarto de cristal, con las patas mutiladas, con las escamas relucientes, pulidas, lisas. Lagarto quieto pero que a ratos se mueve.
Nací del parto imposible del lagarto para convertirme, a mi vez, en el lagarto mismo. Soy también la grada de un coliseo que representa ansiosamente el espectáculo. Soy el anillo quieto en el dedo más hermoso de la bailarina. Soy el anillo que yo misma fabriqué, pulí y entregué a la bailarina, a la isla alucinada, esperando que alguna vez lo use de amuleto o lo guarde definitivamente en una caja de cristal, como pasó con aquellos célebres, manoseados y terriblemente dolorosos zapaticos de rosa.
LAURA RUIZ: Destacada poeta y editora cubana. Ha publicado, entre otros, los poemarios: La sombra de los otros, Lo que fue la ciudad de mis sueños, El camino sobre las aguas y la pieza de teatro, A ciegas. Los poemas aquí seleccionados pertenecen al poemario inédito ¿A qué país volver? Se desempeña como editora principal de Ediciones Vigía, Matanzas, y de la Revista del Vigía, Matanzas.
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