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Estudio del Sur

VERÓNICA ZONDEK: LA CUNA DE NEWTON, DE GRACIELA CROS.

Comento, leo el libro de una amiga y por lo tanto el recorrido no me es ajeno. Su carga significativa me toca de frente. Presiento que fue escrito después de la muerte de Ernesto, su compañero, o que al menos se tiñó con la presencia de su vacío repentino. La perplejidad de la ausencia, la falta de control sobre lo que amamos, resulta naturalmente en un espacio falto de tiempo y devenir que con el paso de las horas, y como lo demuestran estos poemas, derrama en una aceptación dolorosa y en un profundo amor por la vida. LA CUNA DE NEWTON, como lo señala su título, se enreda en el movimiento oscilatorio del péndulo. Va y viene entre la vida y la muerte, entre el darse y el control, entre el tener y el perder, el deseo y el pasmo, entre el yo y el tú, el yo y el ellos. Movimiento que finalmente desemboca en entrega y resignación, en humildad y agradecimiento. El ritmo todo de este poemario queda imbricado a este ir y venir, a este dejarse estar. Tal como lo hace una canción de cuna, avanza y murmura su decir en versos cortos y musicales y construye un mundo íntimo y precario que se expone en su totalidad al ojo lector. Si tuviese que encontrar un símil palpable, diría que está escrito con el movimiento que acaece cuando chupamos lentamente un caramelo, que, poco a poco y con placer, va dejando su rastro pegado al paladar, a la lengua gustativa. Este lento vaivén propulsado por la lengua corroe el objeto del dulzor hasta físicamente hacerlo desaparecer aunque sea imposible esfumarlo de la memoria sensual que continuará saboreándolo mucho después, lamentando por un lado su fin y por otro, celebrando el placer de haberlo tenido. Es una materialidad que perdura en el ser íntimo y nos prende con su nostalgia en medio de la ausencia. Así la trama de este poemario que recorre pausada y honestamente las estaciones que la vida depara. No hay experimentación formal ni juego sino un enfrentamiento frontal y una voluntad de hacer uso de ‘todo el peso de la palabra’ como si no quedase otra cosa por urdir en medio del desierto de los cuerpos y los acontecimientos. Un modo de estar con y en, un modo de sanar doliendo. El poemario se escribe exhaustivamente y toca puntos del abanico cotidiano en un intento por tomar apuntes del tránsito por la vida. Intimidad que resulta de la escritura de hechos tan comunes que pierde el sello de lo personal para hablarnos desde y a todos. El paso del tiempo, la vida, el dolor, la extrañeza. Lo bello, lo triste. La inmutabilidad de lo real como signado por el destino. Lo irreparable, la magia del estar y la grandeza o pequeñez del hombre. Sentido del sinsentido o viceversa. Estas son las entrelíneas del poemario. Allí se cobija el hablante. Allí encuentra sanación y consuelo. Allí construye a partir de las cenizas y denota la magia de la página en blanco que no es sino una soledad que se viste con las ropas del cuerpo colectivo.


Hay otro modo de sumergirse en este poemario y es la divagación en torno al concepto del tiempo. Un tiempo en detención amplia. Una extensión que es y nos contiene. Una especie de gran útero que nos mantiene provistos pero que se encuentra suspendido en algún espacio sin nombre. Ahí habitan los sentidos de la poeta, desde ahí habla y nos perturba profundamente. Desde ahí nos envuelve con su ritmo, cual sedante abarcador que nos permite permanecer en la perplejidad y aminorar la angustia de la búsqueda de los ‘porques’. Personajes que aparecen y desaparecen y no hacen sino recalcar la carga fútil de sus quehaceres y lo precario de los hechos cotidianos. Un dejarse llevar por el vaivén. Un estar aquí y ahora. Detención. Gusto por la detención. Amor por el estar; por la cuenta regresiva. La carga ominosa que nos contiene. El inicio y el fin, la luz y la sombra. El terror. Una presencia, un punto en el tránsito de ese péndulo que va y viene, que va de la muerte a la vida y nuevamente a la muerte. En palabras de la poeta: “hay algo en el final/que estaba en el principio.”

Este libro es entonces un modo de negociar con el mundo. Un modo de doler y habitar. De sonreír con el cuerpo entero y no al modo del disociado gato de Alicia. LA CUNA DE NEWTON. Un mar verboso en el cual recomiendo zambullirse para enriquecer nuestra percepción y curar nuestros ojos destemplados.

Verónica Zondek
Valdivia, abril 2007


CRACIELA CROS, LA CUNA DE NEWTON, Ediciones En Danza, Buenos Aires, 2007.
SELECCION DE POEMAS: Verónica Zondek.


Tampa, Tacna, Atacama, Alaska, Arkansas, Alabama

entre dientes
repite
su mantra
geográfico
mientras
busca
distintas combinaciones
al orden musical
de las palabras.

Camina
una hora
por prescripción
médica.

Al pasar
por un teléfono
público
se deja
un mensaje
en el contestador.

Es saludable
llegar a casa
y
descubrir
que alguien
ha llamado.

Sabe
además
que
la poesía
se desvanece
rápido.


Al oeste del mar, en la llanura

Cuando nací
mi abuelo esperaba
un nieto, un varón.

Superada
apenas
la decepción
por el género
de la nueva criatura
quiso
que me llamaran
Francisca
como mi abuela, su mujer.

La negativa de mi madre
fue
terminante
y el nombre elegido por ella
quedó
como el mío.

Para demostrar
su fastidio
el abuelo
me llamaba
Glicina.
Decía que
por lo menos
era el nombre de una flor.

A pocos meses
de nacer yo
él estaba
muerto.

No pude escucharlo
llamarme Glicina
ese nombre de flor
volcado
sobre mí
por
su
disgusto.



El día que maté a mi gata

en la ficción
pensaba
en los personajes
de Chéjov
y en esa clase de humor
que desemboca
en seres
profundamente desdichados.

De pronto
sonó el teléfono
y una tipa empezó
a darme lata
con el objeto
de pedir prestado
un libro
para estudiar
poesía
y otros sublimes
que deseaba
hacer suyos.

Le dije
que probara
con escribir
guarradas.
Que
escribiera
abyecto,
que
eso
funcionaba.



El dilema de la carne

Fue a la playa
y casi la mata un ladrillo.

Salió a ver a su amante
y terminó internada.

Revisó sus poemas
y tuvo una isquemia.

Dio una conferencia
y chocó contra un árbol.

Metió en el horno la cabeza
y cortaron el gas.

Se hizo vegetariana
y comió pesticidas.

Pidió pescado
y se clavó una espina.

Estuvo a punto de cerrar la boca
pero volvió
a la carne, a su dilema,
al vacío, a la tapa,
al pechito en manta,
al ojo de bife,
a la entraña,
a la sangre,
la única
real.


Primera comunión

Este hombre
es un baboso
pero yo no lo sé
porque soy una niña.

Este hombre
es mi tío
y vive
en la ciudad.

No en el campo
como papá, mamá,
mi hermana y yo.

Tengo puestos mis guantes
de hilo de algodón.
Es mi primera comunión
y soy hermosa.

Me siento un hada
con la falda amplia y larga,
una princesa envuelta
en runrunes de organza y almidón.

Él me habla y sonríe.
Dice que parezco un pato
con los dedos abiertos
por estos guantecitos al crochet.
A mí me arde la cara.
No me atrevo a mirarlo.
Ya no me siento hermosa
y tengo miedo.

Él dice que ha perdido
algo muy importante
y va a buscarlo
debajo de la enagua,
que yo me quede
calladita y quieta
para que pueda encontrarlo.

Que es el día de mi primera comunión
y no debo hacer nada
que enoje al Señor.

A mí me arde la cara
y no me atrevo a mirarlo.
Ya no me siento hermosa
y tengo miedo.

Luego pide
que me saque los guantes
y me chupa los dedos
mientras cierra los ojos
y dice en voz baja
cosas que no entiendo.

Después
pide que lo toque
ahí
entre sus piernas
y me dice
que
ése
será
nuestro
secreto.


Cita en lunes

La mujer cuenta de sus amores
como si hablara de empleos,
o jefes que tuvo, cosas que comprar,
trámites que hacer.

La tarde se marchita en el salón familias
y en sus mejillas cargadas de rubor
esparcido a pincel.

El hombre la mira sin hablar.

¿Qué es lo que una quiere?
pregunta.
Un árbol, se responde.
Un árbol para descansar.
Que dé sombra y flores con perfume
y frutos.

Un hombre es un árbol, dice.

No quiero uno que venga
dos veces por semana,
quiero un hombre que esté,
ahí, como un árbol, dice.

La mujer explica sin que él pregunte.

¿Qué espera una de la vida?

Yo no pretendo más
que una compañía,
mirar una película, comentarla,
salir a comer algo una noche.

A esta altura no querés estar
con alguien de otra generación.

¿De qué podés hablar,
pregunta, de cumbia,
pasta base, pegamento?

No hay nada peor que esa sensación de desperdicio.


Visita a Verónica Zondek en Valdivia

“Creo haber cambiado. Pero no sanaré hasta que viva en un clima dulce i entre árboles”
Gabriela Mistral


Nos recibe el clima dulce
de su prado renacentista
bordeado de robles,
juncales y ríos.

Hay dalias de pétalos
acartuchados
y colores tan vivos
que juramos
no haberlos visto
nunca antes.

La poeta Zondek
deja
en nuestras manos
cartas de la Mistral.

La noche
se ilumina
y la muerte
que viajaba
conmigo
es un hecho
remoto
que
apenas
recordamos.


GRACIELA CROSS nació en Carlos Casares (Buenos Aires) y reside en San Carlos de Bariloche desde hace 36 años.
Libros de poesía: Poemas con bicho raro y cornisas (Ediciones Ensayo Cultural); Pares Partes (Ediciones de la Flor, 1985); Flor Azteca (Ediciones del Dock, 1991); Decimos (Ediciones Bariloche, co-autoría, 1992); La escena imperfecta (Ediciones Último Reino, 1996); Urca (Editorial Libros de Tierra Firme, 1999); Cordelia en Guatemala (Editorial Siesta, 2001); Libro de Boock (Ediciones en Danza, 2004). La Cuna de Newton (Ediciones en Danza, 2007)
Como antóloga preparó Marcas en el tránsito, Antología de Poetas Jóvenes de Bariloche , Selección y prólogo, (Ediciones Último Reino, 1995) y trabajó con el poeta viedmense Raúl Artola en la primera etapa de la Antología de la Poesía de Río Negro, editada por el FER y presentada en la Feria del Libro de Buenos Aires, 2007.
En narrativa publicó la novela Muere más tarde (Ediciones Colihue, 2004), Primer Premio de la Secretaría de Cultura de la Nación por la Región Patagónica, además de tres volúmenes de cuentos.
En 2003 editó el disco compacto Cordelia en Guatemala / Poemas leídos por su autora.


Archivado en con fecha 31/may/2007 - 0 comentarios

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