LA GUARDIANA
A Lourdes de Armas
para que lo guarde junto a todo lo demás.
Es una especie de escozor muy en las entrañas y ganas de dormir interminablemente y la falta de dinero crónica que, sin embargo, no llega a ser la miseria absoluta (sería más elemental) y esas pelusitas que flotan en el aire y se introducen en el peinado y la nariz provocando estornudos o se posan en la palma de la mano y hay que pedir un deseo rápido, antes de que vuelen otra vez, pero siempre pides lo mismo, incluso cuando pides otra cosa.
A veces intenta hacer algo, cómo no, a veces Sara se despierta con energías y abre las ventanas, recoge, sacude, pone en un vaso de cristal azul una rama de mar pacífico, se arregla un poco y sale en busca de aquel trabajo que lleva ofreciéndole desde hace tiempo Natulia la rusa. Es bien simple, mensajerear películas, cargar con una mochila llena de casetes de casa en casa, subir y bajar escaleras, sonreír, sugerir este drama o aquel terror o acaso una comedia. Pero siempre está el regreso, el silencio, el asco de haber visto a tanta gente desagradable (o agradable, que es peor), el hambre y cansancio absolutos, los mar pacíficos mustios, hechos unos rollos marrones, colgando fuera del vaso.
Lo peor de todo son los sueños, imágenes inconexas y alarmantes, entonces hay que prender la luz y beber agua o ron, lo que haya, aunque muchas veces pasa que, después de prender la luz y beber unos tragos, Sara vuelve a sorprenderse agarrando las sábanas en un espasmo, y comprende que no se había despertado, pero ahora sí, enciende la luz, bebe, o cree hacerlo, infinidad de veces.
Los lunes son los días de revisar el correo. Todos los lunes religiosamente de once a doce en el Instituto del Libro leyendo mensajes muy afectuosos con la esperanza de alguna novedad emocionante que no llega nunca, copiando las convocatorias de concursos de poesía en España o México, respondiendo a los amigos esparcidos por el mundo, todos los amigos que anidan en cualquier lugar menos en esta ciudad sofocante, llena de polvo y gritos, de música, sudor y salitre. Andar la ciudad después de los correos, recorrer las calles camino a casa, repasar las calles y los amigos y las caras y palabras, fumarse un cigarro en el Malecón y recordar con más nitidez, con más dolor.
En casa las fotos están bajo siete llaves, todas las fotos y las cartas y los papelitos cómicos de Axel, las joyas de la mamá de Axel, el vestido de la abuelita de Vera, los zapaticos de cuando Liby era una bebé, la colección de discos de Isidro, sus pipas, sus revistas de hojas frágiles, el maletín de Osvaldo, tan pesado, sus libros exotéricos, sus barajas, todas esas cosas que viven en estantes con cartelitos “Liby”, “Axel”, “Osvaldo”, etc., en el cuarto de los recuerdos, el sitio vedado, como si hubiera una frontera, un candado enorme, un PARE. Sin embargo, cómo evitarlo los lunes, Sara vuelve a entrar, saca los papeles, las fotos, los esparce encima del sofá y por todo el piso, para mirar y leer y detenerse en esa instantánea en la que Axel ríe mientras le unta bronceador a Sara y a Vera, y Sara ríe, y Vera ríe también con su boca grande, y sus ojos oscuros, y su pelo de rizos cortos; o en aquella otra donde Sara está muy borracha y Liby la retrató en el momento de subirse sobre un león del Prado y cayó tremendo aguacero, pero después, y se metieron en el bar malucho que hay en el Payret a tomar cerveza barata y oír boleros...
Axel fue su primer amor, su primer amante y el primero en irse. Le entregó un cofre con las alhajas de la madre, algunas figuras de porcelana y otras reliquias familiares en calidad de garantía de que pronto, muy pronto se volverían a reunir. Era a principios de abril (desde hacía meses habían planificado la boda para mediados de mayo) y hasta mayo del año siguiente Sara estuvo recibiendo las cartas que él escribía todos los días desde Nebraska (ese lugar remoto de nombre azucarado) y contestándolas igualmente a diario. Palabras de ternura y esperanza, unas bromas, muchas promesas, eran el único aliento en aquella separación para la pareja inseparable. Después: el silencio. Y el dolor y el horror del abandono que compartió con Vera, su mejor amiga, la más antigua compañera de clases y fiestas, única capaz de escuchar mil veces las mil versiones de la misma historia de amor y pena. Fue la próxima. Conoció a un arquitecto inglés y se marchó guiada por una pasión arrolladora. La noche antes del vuelo le llevó a Sara un paquete de cosas de las que no podía desprenderse y no cabrían en el equipaje, cosas inútiles en su mayoría, sin valor: un vestido negro de cuando la abuela era adolescente, postales con gatos, diplomas de la primaria, fotos, conchas y piedras de colores. Temía que los padres le botaran sus tesoros, le pidió que se los guardara hasta su regreso, mas no volvió. Estuvo un tiempo enviando tarjetas coloridas por las Navidades. Sara les hizo un sitio en la segunda gaveta del escaparate (la primera seguía ocupada con las prendas de la madre de Axel, el bulto de cartas ordenadas por fechas y amarrado con una cinta malva, las fotos del noviazgo, alguna flor seca)...
Después siguieron otros, muchos otros. Llegó a temerle al sonido de la puerta golpeada por una mano, porque, efectivamente, en la mayoría de las veces, era una mano que se extendía en un gesto de adiós. Se iban todos los que le rodeaban, todos a los que de cierto modo había rozado, como si cargara con una maldición; cada vez se estrechaban más los círculos de la soledad trazados por un compás inclemente: compañeros de estudio, conocidos antiguos, vecinos, la médico de la familia. Siempre con algo para guardar, un bulto con pertenencias valiosísimas de las que es imposible desprenderse. Sara cortaba las explicaciones, atesoraba los recuerdos ajenos, los incorporaba a su propia memoria. Luego con un aire de soñadora indiferencia ponía música, prendía incienso, bebía té de jazmín, o ron, o lo que hubiera, meciéndose en el sillón de mimbre, herencia de la abuela.
Cuando descubrió que su habitación estaba abarrotada por cajas, paquetes, bolsas, que impedían el paso libre, llenando todo sitio posible, se mudó para la biblioteca, mandó a construir estantes y acomodó lo que sería por siempre el cuarto de los recuerdos con una minuciosidad de oficinista de archivo. Pero mientras más se llenaba el espacio de los recuerdos, más crecía aquel vacío en las entrañas, el desarraigo que le hacía levitar en una ingravidez casi cósmica.
Huía de las personas, las evitaba. Se compró plantas, tomeguines dentro de una jaula de caña brava, un gato albino al que llamó Tristán. Regaba las plantas obstinada a pesar de que las veía secarse, consumirse las hojas desde los bordes con un rastro amarillo que avanzaba implacable, se tornaba ocre y luego pardo; como los árboles en otoño, dejaban caer las hojas sobre el mosaico y sobre la tierra húmeda de las macetas de barro y sobre las manos exasperadas de Sara. Tristán andaba flaco y desganado, clamoreaba por las noches como un bebé, a pesar de los arrullos de la dueña y de sus cuidados, hasta que amaneció muerto una mañana en su cesta y Sara con una lucidez de acero abrió la jaula de caña brava y dejó volar su última esperanza.
Desistió. Se resignó. O tal vez no sea exactamente resignación, sino ese dejarse llevar por la corriente, ese fluir suave de horrorosa ligereza, ese sentido de no pertenencia a nada ni nadie que no tiene que ver con la libertad sino con la levedad, sólo el cansancio definitivo en el sillón de la abuela y la música que entra tras las pestañas tejiendo caprichos lentos en la mente y el olor a incienso flotando en la nada.
Todavía hubo un intento de escape, abandonarlo todo y comenzar de cero en cualquier otro sitio. Compró un pasaje de tren, estuvo toda una mañana en la estación, entre el gentío y la algarabía. Se engañaba sabiendo que se engañaba, mas era una tregua dulce, un regalo que se hacía. Imaginaba una ciudad virgen de recuerdos, amigos nuevos, amantes leales, amaneceres sin el olor a polvo y abandono, sin pasado. Apretó el pasaje en el puño mientras el tren partía, se alejaba más y más veloz. Caminó por el andén despacio. No podía huir. Es imposible eludir la suerte, es algo que arrastras como una cadena a donde quiera que vayas y en un rincón nuevo habrá nuevas pérdidas, nuevo dolor, nuevo puñado de cosas que es preciso guardar en nuevos estantes de una nueva casa. O tal vez se requiere tener más valor, más espíritu, se decía. Puso el boleto del tren en su correspondiente zona entre los recuerdos y se sentó en el sillón a olvidar.
El martes comienza a extender sus rayos por entre las persianas cuando Sara termina de colocar el último paquete en su sitio. Jamás ha confundido un estante, ni ha dejado nada fuera de lugar; con exactitud enfermiza mantiene el orden en sus recuerdos, no le preocupa mucho el resto de la casa, ni el jardín con la hierba salvaje, pero le da pavor imaginar el caos, una pipa de Isidro en el estante de Vera, una foto de Axel dentro del sobre de Osvaldo, un mechón de Liby entre las flores secas.
Los martes son días especialmente tristes y lo mejor es pasárselos durmiendo, saltárselos de la semana. Sara se tapa con la sábana hasta la cabeza, aprieta los ojos, mas sigue viendo escenas de invocaciones a ráfagas desiguales, todo una película de pasado roto, una sesión de absurdo. Cuesta mucho dormirse y los sueños son más inquietantes durante todo el día del martes y toda la noche, y los despertares angustiosos en los que no sabe dónde está ni quién es, y se acuerda sobresaltada, y los tragos de cualquier cosa para calmar aquello que no es sed, aunque se le parece bastante en la aspereza de la boca, y el vacío visceral, la impaciencia, el tormento.
Hasta que llega por fin el miércoles, una falsa salvación, con más calma, más rutina y sordidez. Es bueno salir de compras los miércoles, es bueno entrar en las tiendas, mirar las ofertas y los precios, adquirir sólo lo indispensable, pero examinarlo todo, darse algún lujo una que otra vez, tomarse un helado o una malta o – verdadero derroche – un capuchino, sin pensar en otra cosa que en las burbujitas de la malta que se prenden en las paredes del vaso o las vetas de chocolate que trazan paisajes fantásticos en la nieve de la vainilla. Sara demora todo lo que puede el regreso, camina despacio, se detiene ante las vidrieras, lee los anuncios, se sienta a fumar en cualquier parque. Mira las hojas caídas, las flores de un rosa muy pálido, se aferra a ese paseo del miércoles mientras se aproxima a su cuadra, llevando en el bolso el pomo de aceite, la caja de puré de tomates, el jabón de lavar, un paquete de pastas, se acerca con una lentitud vertiginosa mirando a toda esa gente delante de su casa, delante del lugar donde se supone estar su casa, va despacio, contempla sin comprender, suelta el bolso, deja rodar el pomo y la caja y el paquete y los jabones, aspira el humo espeso, observa las llamas, escucha los gritos, todas esas personas gritando, gritándole, el carro de los bomberos, la hoguera. Le frenan unas manos, le impiden llegar a los recuerdos que arden y se consumen en un sitio ya inaccesible de la casa, de la memoria. Se escurre de los dedos que intentan detenerla, ya irremediablemente vacía, ya irremediablemente ingrávida, sin nada que le ate a algo o alguien, a cualquier hecho, a cualquier realidad. Se deshace como el humo que se difumina en el azul, se evapora en el aire del miércoles, se disipa como un olvido, definitivo y perpetuo.
EL DÍA EN QUE MAMÁ SE VOLVIÓ SIRENA
Algo le había pasado. No es que hubiera cambiado, pero se notaba que algo en su interior se había roto. Era la mirada y la sonrisa, o tal vez no la sonrisa en sí, sólo una mínima demora en los labios antes de sonreír (la puerta que tiene las bisagras faltas de aceite y cuesta abrirla de golpe) y tampoco la mirada (seguía siendo la misma), lo que había detrás de la mirada, en el fondo de los ojos, una oscuridad nueva. Aunque quizás no era ni la mirada ni la sonrisa, sino un elemento mucho más sutil; una falta de transparencia.
Algo le había pasado, nos dimos cuenta desde que abrió con su llave (como siempre) y abrazó a Lenita que corrió a su encuentro, y me soltó el bolso, y nos saludó, y (como siempre) se desplomó en su sillón a fumar en lo que Blady le quitaba los zapatos y yo le buscaba su café y Lenita, tan contenta con su llegada, brincaba sobre sus rodillas y la baboseaba y ella encendía el cigarro, con ademanes acostumbrados y a la vez diferente, imperceptiblemente diferente.
Fue entonces que hizo la primera cosa singular. Lenita no recuerda eso (aunque sí casi todo lo demás), pero Blady y yo nos sorprendidos un poco, sonaba tan incongruente esa pregunta en su boca, no supimos responderla y tal vez haya sido justo nuestra falta de réplica lo que desató la mutación de mamá.
Ella sólo nos preguntó si estaba vieja.
- ¿Creen que soy muy vieja? – dijo.
Sólo eso.
Y nos quedamos callados.
Los tres.
La mirábamos sin comprender.
Es posible que haya pensado que, en efecto, lo creíamos y no se lo queríamos decir.
Bajó a Lenita y se puso a cocinar.
Era nuestra mamá.
No era joven ni vieja, simplemente era nuestra mamá.
Más tarde, cuando se cambiaba de ropa delante del espejo, vi cómo se estiraba la piel de la cara y del cuello, como si fuera una máscara que quisiera quitarse. (Lo hizo muchas veces durante la tarde y la noche y también pellizcarse suave un trozo del brazo y mirar pensativa las arruguitas que cabían en ese pellizco, o echarse el pelo para un solo lado y separar las pocas hebras negras de las canas que se esparcían sobre el pecho).
No sé qué le habría pasado ese día. Lenita tiene una teoría sobre eso, muy poco convincente. Blady cree que cualquiera en el trabajo o en la guagua le dijo algo , “mi tía”, por ejemplo, o “seño”, o cosa por el estilo. Yo no sé. Pienso en mil posibilidades, “mi tía” incluida, y no me conformo con ninguna. Ninguna me parece suficientemente intensa como para volver sirena a nadie.
Luego, cuando ya estaba encerrada, recordamos que esa noche había pasado otra cosa fuera de lo común y fue Lenita la que habló de eso. Nadie prestó atención, pero es cierto que después de comer mamá no fregó la loza.
Al otro día no fue a trabajar. En realidad, nunca más fue a trabajar. No imagino cómo pasó ese, su primer día de cambio, sola. Yo siempre llevaba a Blady y Lenita al círculo y me iba a la escuela y siempre los recogía porque mamá se marchaba tan pronto me despertaba con un beso y regresaba cuando ya estábamos en casa. Ese día lo hice, a pesar de que no hubo beso. Al parecer, funcionó mi reloj biológico. Me levanté, la vi en su sillón, pero no pregunté qué pasaba. Pienso que debí haberlo hecho, que debí haber gritado, haber armado una pataleta, algo que la hiciera reaccionar. Blady asegura que no se podía hacer nada, aunque yo creo que todavía estábamos a tiempo.
Y no hicimos nada.
La dejamos sola.
Con sus pensamientos.
Con sus fantasmas.
Con sus miedos.
Con sus dios sabe qué.
Cuando regresamos, nos la encontramos en el mismo sillón, pero la casa ya no era nuestra casa ni ella ya era ella.
Todas sus fotos estaban esparcidas por el piso y ninguna tenía rostro. Quemaduras de cigarro en su lugar. Todos sus vestidos estaban hechos tiras, regados en bultos multicolores a sus pies.
Giró la cabeza despacio y nos miró. Unos ojos fijos y claros.
Tal vez, si nos hubiéramos quedado, si la hubiéramos abrazado mucho, contándole cómo la queremos y lo buena que es y linda y, sobre todo, cuánto la necesitamos...
Estaba desnuda en el sillón. Tenía la piel y el pelo húmedos, como si se acabara de bañar en aceite y ese olor nuevo, a orilla del mar.
Nos miró con su horrible mirada de ojos ajenos. Lenita se echó a llorar, Blady yo nos asustamos también e hicimos lo último que debimos haber hecho: huir.
Dejamos a mamá en el sillón con los vestidos destrozados y las fotos sin rostro, con la piel húmeda y fétida, con la soledad submarina, con el silencio.
No nos detuvimos hasta llegar a casa de Zoyla, nuestra tía abuela, la única familia que vive cerca.
Según Lenita, mamá siempre fue sirena. Sólo esperaba a hacerse vieja para tomar su verdadera forma. Ese día decidió que era hora. De acuerdo con la teoría de mi hermana, provenimos de un antiguo linaje mágico y a los tres nos espera el mismo destino dentro de unos años.
No nos dejan verla.
Por las conversaciones telefónicas de Zoyla supimos que la tienen encerrada. Seguro que le están haciendo investigaciones científicas, como si fuera un bicho. Tengo pesadillas todas las noches, está en esa piscina tan pequeña, moviendo las aletas y tantos tubos y aparatos conectados a su cuerpo. Grito mamá, pero no me oye. Me mira sin verme a través del cristal y sé que está sufriendo. Me despierto llorando y pienso: debimos haber hecho esto y aquello, todas las cosas que no hicimos.
Zoyla dice que está muy enferma.
Nunca he oído que ser sirena fuera una enfermedad.
ANNA LIDIA VEGA SEROVA, Importante narradora y pintora cubana, nacida en San Petersburgo. Ha publicado, entre otros libros, Bab Painting, Catálogo de mascotas, Limpiando ventanas y espejos, El día de cada día. Reside actualmente en la Siberia de Cuba (el barrio Alamar, en Ciudad de La Habana).
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