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Estudio del Sur

VERÓNICA ZONDEK: LA INALTERABLE TENACIDAD DE LA LETRA.

DE: EL LIBRO DE LOS VALLES
(Fragmentos)
Ando los recovecos más insondables del cuerpo terrenal y la tierra corpórea de una ilusión pasajera. Polvo fuimos y polvo seremos. El profundo viaje del corazón, que precario deja señas para volver, para jamás olvidar, para armar una vida, para celebrar, para que lloremos incansables en un tiempo que no es retorno, ni progreso, sino presente-presente, siempre presente, en este libro que es sólo cuando abrimos una página, no importa dónde ni cómo, para encontrarnos de frente con aquel eso, que siempre deseamos. Ni cerca ni lejos. Aquí.


No sé por qué me detuve en tanto recodo, ni por qué seguí al caminante. Sólo sé que una vez que lo hube visto sobre la sinuosa espalda de ese monte, con su ojo clavado en las heridas del paisaje, entonando la melancolía entera con sus labios, no pude detenerme. Caminé tras su sombra hasta borrar mi propia huella, entendiendo que el ocaso de un día es eso exactamente: un negro manto de silencio derramándose hasta cubrir todo antecedente. Y al quedar sin habla, seguí sus pasos, para ver mis propios paisajes en sus ojos y erosionar la tierra con mis lágrimas de él. Vi con horror, lo peor de una ciudad y en contento la belleza de algunas gentes. Me estremecí en los bordes del acantilado, y medí con angustia lo inevitable. Vi mi propia medida en todos los zapatos que encontré en el camino y supe que no me sería posible eludir el imán poderoso del andariego.

El parecía no torturarse en las bifurcaciones, ni sufrir ante la falta de respuestas. Aparentaba traspasar incorpóreo todo conflicto, como si su andar fuese el acto de dar vuelta las páginas de un libro áureo. Lo vi observar inalterado la belleza y el horror, mientras mis ojos se cubrían con olas hirvientes una y otra vez. Entonces quise grabar lo recorrido en una página, al modo de la lluvia que graba la tierra. A veces, tibia y dulce. Otras, salada como la transpiración que brota del ardor y del esfuerzo. Y otras, como el hielo de los viajes tan lentos del témpano. Todo ello como variadas aristas en el tiempo de un sendero por recorrer.

Y luego la mudez de la ausencia de un cuerpo que ya no es.
profundo en el mapa

Hay valles en el mapa que se acogen a ley de amnistía
y tallan con humo su memoria ósea
y no dejan rastro.
Hay valles en el mapa que construyen un nombre
y sobre el nombre erigen una importancia
y sobre ésta se visten de gala
y se inclinan con sed.


Hay valles en el mapa
como el suyo
que no son de luz ni olvido
y arrastran su ilusión hasta alguna cima
sólo para resbalar por la cota contraria
y volver a saborear el gusto a barro original.


En su valle y ahora
se sufre leve de mareo matutino
y todo está pronto a parirse en algún lecho tibio.


Hay
en la cantera más profunda del valle
un cartel cegado que reza:

mi vida
por dos cuencas que sepan ver.

Mapocho

El río atrae una bandada de pájaros.
Los pájaros visten negro traje y camisa blanca.
Los pájaros son cerdos voladores
y pastan el gris de la ciudad.
El sólo observa.
Inclina aterido el cuerpo
sobre un borde en el Puente Pedro de Valdivia.
Observa cómo sus trajes se tornan marrón.


Escucha caer un lamento en los cielos del olvido.


Santiago, el Valle de Gaviotas, es triste.
Es de tumulto tan grande
que el graznido feroz se desarma
y el ojo insiste en recordar cuerpos a la deriva:
carroña
carroña entrañable para cerdos sin vuelo.

Entre pluma tibia y tanta
la memoria encuentra asilo.
Es azul el horizonte y extensa

el ala posible.


hombre supremo

Valle Concreto es entero un conquistado.


Al entrar
ve el brillo dactilar del constructor
y ve al miembro de cepa
y la seña suya en pétrea ramificación.
Valle Concreto está ordenado.
No hay aliento inscrito en las aristas.
Valle Concreto rechaza con determinación al helecho
y evita bordado el pensamiento.
Sus ojos acarician el acontecer del orden.


El valle acoge conquistas de hombre supremo.

Un tenue abrazo
pasea su primavera por las calles
y clamor
no dice alguno.

Ahora
un cheque en blanco
y la muerte del deseo.

en valle de oro (I)

Entra a Valle de Oro y aligera su ansiedad.
Saluda.
Brinda.
Busca un maná que le sea sustancioso.

Escarba con ira la oscuridad.

La vida apenas alumbra.
Aurea y dentro del valle
brilla la posesión de miserias.

En Valle de Oro una jaula se balancea
en las ramadas en flor de un jacarandá.


en valle de oro (II)

En posesión de esta miseria
en esta costura que se prende del valle
ve la muerte ominosa a destiempo.
Sabe del fuego entonces genuino.
Ve la espera del nunca llegado.

Ve quebrarse los platos
uno
a
uno.
Ve a la muerte rondar corpulenta tras un mesón.
Ve a la muerte servida en bandeja de lata.
Ve como rápida
furtivamente
la muerte quema los labios.

No es habida la conversación gratuita.

Valle de Oro sufre una remodelación.
Valle de Oro abre sus piernas
y acoge con neo-eficiencia nuestro tigre desamparo.

en valle de oro (III)

Ahora ve como yace el oro entre los montes del cuerpo abierto.
Ve como penetra el conquistador con sueño dorado.
Lo mira bajar encabalgado desde el alto
y arrasar todísimo con su firma señorial.
Ve como sangran las piernas extendidas del valle.
Como sangran oro rojo desde el lagrimal.

Su cuerpo estático observa el valle.
Aquí supuran lentas las heridas de amargura
la raíz profunda y las dudas agrias
y cuajan en quimeras de sostenida traición.
Su imagen se sobrepone a la del conquistador.
Tiembla.
No sabe cómo eludir el peso de la vergüenza.

Sobre la montaña que protege el valle
brilla en lejos una luna que codician.

En Valle de Oro hay guarda de evidencias.
En Valle de Oro hay intervención de tribunales.
En Valle de Oro hay justicia en la medida de lo posible.

Y en la eternidad de su tiempo
yace el oro en un cuerpo ya para siempre abierto.


pertenencia

Antiguo el valle donde gira un molino.
El recto camina su orgullo en la tierra.
Hay recuerdos cocidos al ala de un ave
y abundan
en medio del paso desarticulado de un reloj.
Una mujer lava su pelo y lo seca al sol.
Un niño juega con piedras y apuesta a ganador.
Un ojo se detiene en el color de una montaña:
es entero el deseo que se sostiene en el tiempo.
El viaje es sólo una sospecha incandescente.
Cae la añoranza sobre una ciudad mítica
donde las casas sean eternas y se hereden.
A nadie molesta la falta de caminos.

La necesidad no tiene cara de hereje.

tiempo

Un río fluye sin origen ni conciencia.

Busca placer y chispas de alegría.
Desmonta el cuerpo en Valle Verde
y en embeleso
mira crecer los árboles a la imagen de sí mismos.
Ve cómo la vida se pierde en su comienzo
y cómo en fértil la muerte aletea.

No ve hombres
ni mujeres
ni Dios.

El tiempo se detiene sin sombra.

El tiempo acoge lo que al cuerpo no le es dado perdonar.



cuando el hombre cuando el silencio cuando en el valle de la luna (I)

Errante
fabrica una mirada
y ausculta el latir de la piedra.
En el Valle de la Luna
una sombra abulta el camino
y las almas no penan.

La piedra es hogar inviolable.

Mano dura no hay para trizar el tiempo.
Un gran terral sostiene la eternidad.
Yacen aquí vidas sin muerte.
Las muertes son inconmensurables y tibias.

El ojo suyo no lo conmueve.
El ojo suyo reflecta el silencio mío.
Devuelve el calor.
El se detiene.
Su ojo asume el dolor del guijarro.
Su ojo no viola la memoria.
Los pasos resuenan pétreos a pesar de la sordina.
Pesa la existencia.
Pesan las rocas.
Pesa la arena.

Aquí se conserva la sangre de cuerpos sacrificados.

La palabra sobra
cuando la piedra abunda.

cuando el hombre cuando el silencio cuando en el valle la luna (II)

Sin otra alternativa
atraviesa un páramo.
Se detiene.
Muerde con ferocidad el pan.
Se sienta sobre el anca pétrea de un equino.
Mira el cielo.
Sufre gran intranquilidad.
Arriba masivo a la orilla de un charco.
La casa está cubierta de silencio.
El silencio viste oscuridad.
Suena el dormir.
Busca descansar en solo.
En solo huye despavorido.
No resiste el exceso de alma.


Valle de la Luna multiplica su gesto en piedras.

Cada piedra un encanto.
Una vida que fue.


entre piedras y huesos, la letra

Entre piedras y huesos
un monumento al condenado primero de esta masacre.


Se detiene.
Entierra su desgarro en Valle Maldito
para que procree en los planos desiertos de un abismo.


Valle Maldito guarda profundos silencios.
Valle Maldito guarda un temor amortajado
y nadie desea la muerte.


En Valle Maldito hace deambular el alfabeto.
Es cierta su condena al exilio.
Merodea la derrota entre restos humeantes.
Piensa su extinción.
Busca la seña que fue anterior al naufragio.

Piensa:
la memoria es signo reversible.

Un silencio acaricia su frente.

Celeste, un ave de rapiña respeta en un lejos
la inalterable tenacidad de esta letra.


DEL LIBRO INÉDITO POR GRACIA DE HOMBRE.
DE LO HUMANO

Reina en solo la muerte azul.
Una araña viste a la mano con guante fino.

La mirada perfora más allá del ladrillo faraónico
y/o a sus esclavas petulantes ya casi y cubiertas de oro
o al verre
a las siervas mugrientas de la Potosí plateada
o peor
en las negruras de la entraña carbonífera
o/y también
en la danza de los diamantes, zafiros y rubíes
y a la mujer ceniza en las santas hogueras eclesiásticas
y a las apedreadas de la plaza central de Kabul
y a las martirizadas con ratas de cloaca en Villa Grimaldi
o a los hombres asados al rojo en parrilla macabra
y/o enterrados hasta la testa para banquete de hormigas vietnamitas
y en los estira somieres alongados hasta la quebrazón
y en los fuegos alados que arrasan muchedumbres
y en los explosivos que desperdigan miembros en territorios de nadie
y en el indeleble cromosoma que distorsiona generaciones.
¡Ay!, me doy contra la pared
y es que me da por pensar en cuándo
en cómo
en cómo da una vida para contemplar bellezas de ala trizada
o gotas que se desmiembran en colores en un cielo cubierto de nubes
o para mirar pausados y en embeleso el ensimismado azul de una mosca
o el verde de una lombriz que anuncia el ciclo
o el rojo de una sangre menstrual
o/y el beso voraz de dos bocas
y también el temblor de un abrazo
y el ardor de una breva partida
o el jugo de un trozo de sandía
o/y el dulce sonido de la cuerda de un bajo
y el llanto primoroso de un niño nuevo.

Sea así me digo
y nos toque algo bello por gracia del hombre
y basten ya las matahambres para ser satisfechos
en los límites de este territorio.


DESDE LA OTRA ORILLA
a Georg Trakl
a Jaime Huenún y su lectura interclusa


La ciudad no es más que un despliegue en agua cristalina
y arrastra en azul tu cuerpo al desplome.

Un ramo de jeringas te viste de luto
y tu corazón bombea envuelto en demencia.

Hay un forastero que galopa al anca de los murciélagos
y hace intentos por no girar su cabeza hacia el costado.

Un edificio apaga su fuego marmóreo
y es calmo
y desliza por ti un pulso encarnado y reptil.

Deambular es ahora un qué de soplos
y una búsqueda silente de guijarros
que
de uno
en uno
y sin engaños
son raudo precipicio en las grietas que cría el alabastro.

La sombra sobre el río es de alarido ‘pajaril’
y es blanco el graznido Juan Luis
e inasible
el granate coágulo que fermenta el lamento.

Repta entonces
serpentea sucio el miembro entumecido
y cruje en solitario el cristal de una lágrima.

Trakl
caminante y celada de huérfano decir
no desea
no evita el golpe en oscuro
en un lunes muy anterior a aquel de Vallejo
que entonces en rosáceo y frente al ojo celeste
fue entrando en el añil profundo y más lejos
junto al destino de la fina hebra que hoy me teje el paño
por carnosa avizorar un mirar impreso
y entrever los signos en la escritura que amaso.

Trakl
vago interdicto del Bosque Negro
abismo encadenado al pulso
escindido abrazo
irrumpes tú en profundo y cerúleo
truenas como la arcilla al vientre
y haces familia con la noche.

Es lumbrosa tu lóbrega habitante de cuarzo
y latente el abrigo de tierra a la medida.

Un alma ajena destila el rojo por hacerlo suyo
y atraído
en allá o en acá
en antes o después de lo que lo alza
es remanso vivo en abrazo frío
y espía en el rostro lumíneo de la muerte.

Un punzón.
Un brote de ardor.
Una pasión.

Ahora encallado en tu desplome
desciendes y no hay remedio.
Llagas para ti
y llagas para el tiempo en su jaula de oro.
Cuerpo tuyo que se escribe con plateada tinta de caracol
e intenta
trata salvar en el amor.
Mas no
no salva posible en los bosques
y en poemas no salva entre los hombres
y te proclaman indeseable
y cunde verde el corrupto del vallar que caminas
y vagas de inmundicia en inmundicia
hasta encontrar un sosiego en solo
que no eterno te resta aliento ya zafíreo
tras el paso y el pasaje
y más allá
en el sofoco oloroso de la ciudad
para montar piedra sobre piedra
tu desecho cuerpo en abandono
y negro el farellón en el risco de tu ojo
es sello y lacra en boca de cavernas en olvido.

Cielo e infierno avecindado en tu corazón.

Un leve toqueteo de alas sobre el arroyo transparente.
Un murmullo de ángeles a la espera.

Trakl.

Hombre y poeta.

Cae en desliz tu cuerpo al agua más tan bermeja
que entero y tibio te resulta pretexto el aliento
e izas la cola en señal de patria blanca y ardua
que inevitable perpetras mortal
el salto hacia la otra orilla.



VERÓNIZA ZONDEK, destacada poeta y traductora chilena. Ha publicado, entre otros poemarios El hueso de la memoria, Entre lagartas y El Libro de Los Valles.

Archivado en con fecha 28/jun/2007 - 0 comentarios

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