DÍAS DE MERCADO
De algún modo yo entro en la multitud como en mi casa.
De algún modo tenemos el mismo rostro,
la misma ansiedad, la misma mesa.
A nadie preguntaría qué árbol tumbó anoche.
A nadie distraería con mi comercio de palabras.
La gente se acomoda bajo los letreros lumínicos.
Ya no sabe qué vender, si el cansancio
o las horas que aún le quedan para exhibirse.
Una mujer barre el excremento de la ciudad
y el vendedor de martillos no se atreve.
(Si les taparan los ojos todo seguiría igual).
Esta tarde me compraría un San Lázaro
y me lo pondría en el pecho.
Hasta los perros me compraría.
Como la palabra el agua no llega a mi boca
y mi sed no sirve para reparar los muelles.
La multitud y yo tenemos la misma madre:
siempre buscando a Dios en los depósitos vacíos.
LETANÍA DEL SUEÑO
De alguna guerra o enfermedad aberrante todos íbamos a morir.
Tarareando un himno cavando un túnel bajo tierra asfixiados.
Avancé en la fila por la parte de afuera.
Rayé la ventanilla con la esperanza de mostrar las uñas.
- ¿Ha tenido usted lepra?
Anduve a medio vestir allá por los años 40/
tenía la boca pestilente/ y me perseguía mi
madre con un cuchillo de mesa/ los misiles
bombardeaban la calle/ yo acarreaba agua para
quitarme la mugre/ y aparecer sonriendo en los
diarios/ alguna vez me crucé con Ana Frank/
puedo jurar que lloraba/ y que pedía ayuda/
y yo qué podía a medio vestir/ si no había
tiempo/ y en los ratos libres hacía de extra/
en una película de amor de los años 30/ y
amaba al director/ y a la primera actriz/ y
también lloraba/ y el día siguiente me veía
siempre con telarañas en los ojos/.
No debería marcar esta ciudad en los mapas.
Ni en las esquinas sacudirme el polvo de los autos.
Todos íbamos a morir, no a pedalear por las mismas calles.
Con el mismo cansancio de quien nunca estuvo en otra parte.
Pedaleo/ con la certeza del desconocido que
a nadie debe/ pero esta ciudad al final me derrota/
ya había derrotado al deportista/ y al cartero/
y derrotó al amigo/ y al vecino que me descubrió
un día/ y ahora pinta mis brazos/ abiertos a los cuatro
vientos/ mi cuerpo bamboleándose/ atravesado por
una vara/ con un cristo orinando en el centro/ y algunos
pájaros encima/.
De alguna guerra o enfermedad aberrante todos íbamos a morir.
Afuera llueve.
Alguien raspa el cristal con la esperanza de mostrarme las uñas.
MARÍA ELENA HERNÁNDEZ, La Habana, Cuba, 1967. Autora de los poemarios Donde se dice que el mundo es una esfera que Dios hace bailar sobre un pingüino ebrio, Elogio de la Sal y Electroshock-palabras.
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