POR CARMEN MARTIN
I. La niña del áspero contrapunto
Los trabajos y las noches, dice Alejandra Pizarnik. Pero ¿cuáles son los trabajos de la noche? La noche es el espacio del silencio, el momento de los signos. Alejandra habla desde su poema, grita desde su poema. Llama a alguien que no está: Ella misma, la que no es. La mujer que se contempla en los espejos, que busca en el reflejo de su imagen la doble transmutación de su cuerpo en símbolo y memoria. El recuerdo de lo que busca: es ése su trabajo. La lucha contra un lenguaje que corta, que no alcanza, pero que de igual manera sirve para iluminar, para crear espacios de luz dentro del olvido, para de esta forma, encontrar la revelación. Porque Alejandra revela el color de su poema, trasmuta las palabras, las hace decir. Los trabajos y las noches es una serie de textos oscuros, alumbrados con velas, con brasas. Ella escarba dentro de un lenguaje que la abandona, que la deja sola en la oscuridad. Una oscuridad que la abruma y la encanta, una sombra llena de cosas no dichas. Ese, creo, es el agon de Alejandra: la búsqueda vacua. Lo que al buscar dentro del poema no se encuentra, lo que al buscar dentro de sí misma la abandona, lo que queda entre el pensamiento y la acción.
El texto está dirigido a alguien que puede ser, como ya he dicho, un otro o ella misma. Para el caso, da igual, ya que existe la conciencia del propio ser como una serie de formas que han sido alteradas por el tiempo, por los estados de soledad y de silencio. Se le habla a
alguien que está dentro del poema, que, de cierto modo, es el poema en su forma elemental. Algo que palpita en el escrito, que es a la vez una voz, un aire y un latido. El latir de las palabras. El poema vivo.
La noche es una presencia. Es una entidad que irrumpe y destruye al sol. El sol es evidencia, la noche es poema. En la mixtura de estos elementos Alejandra trabaja, transforma la masa informe del lenguaje en un objeto de deseo; una luz, pero una luz funesta que tanto alumbra como encubre: dentro de la luz / hay una luz más pequeña / que es obscura (1). Con esa luz negra ella construye sus cuerpos poéticos. Transforma su propia estructura en la estructura del poema. Hace el poema con su cuerpo, escribe con la noche.
Los trabajos y las noches es un llamado a sí misma, a sus voces, a todas las mujeres que la habitan; no hay Otro, o si lo hay, es ella transfigurada. Es el poema del no encontrar, de lo que se fuga, de lo que burla a la memoria. No hay estaciones, no existe el trabajo de invierno ni de primavera: el círculo solar se ha hecho un solo estado, el estado del no poder. Hurga sentimientos, busca en el amor un algo de que asirse, la tabla del náufrago, la última esperanza. Pone en esa dirección su pensamiento, la sensualidad es exaltada en niveles progresivos; se confía en el lugar del amor, se sublima y se ve como el espacio en que ella misma puede purificarse, expurgar, hacer de la oscuridad una luz que reviva los momentos olvidados. La figura del amor dentro del trabajo de Alejandra es ambigua, es a veces inexistente, y para el final de su obra, es violenta, obscena, explícita. Ve que su amor ha sido maltratado, siente que ha roto lo que nunca se le dio, lo que ella esperaba. Pero, ¿qué esperaba? Probablemente, dejar de esperar.
La noche de los cuerpos es el momento en que éstos se reconocen. Puede ser el instante del placer como también el del horror inmenso de no reconocerse en lo tocado; el instante en que se toma conciencia de la distancia insalvable que separa los cuerpos cuando éstos dejan de ser reflejos y toman forma y sustancia, y se presentan ya no como imágenes
simbólicas –como sombras-, sino como seres animados ante los sentidos y las palabras.
Aquí surge otra pregunta: ¿Qué es lo que se dan las sombras? ¿En qué consiste el intercambio entre sombra y sombra? Creo que la sombra puede ser tanto lo Otro (el otro de Rimbaud, o sea, ella misma), como lo pasado, la infancia, lo que ya fue. Una sombra que disfraza el lenguaje haciéndolo ajeno, extraño para quién lo pronuncia. En los poemas de Los trabajos y las noches, la sombra es lo que no viene, lo que se espera, lo que no llega. Lo que inunda un espacio vacío, a la vez desolador y lleno de posibles desenlaces. Estos poemas revelan la pulsión de silencio, la necesidad de una oscuridad que ampare la faena de buscar. Pero esta búsqueda está determinada por un punto que persiste dentro de toda la obra de Alejandra Pizarnik, a saber, la muerte. La muerte como el espacio final de encuentro de lo que desde siempre ha estado separado, de las uniones que no pudieron ser bajo la luz del día, es decir, en la vida.
Ella incorpora a la muerte en su poema, escribe sobre la experiencia de la muerte desde la vida. Y aquí puede verse otro vínculo dentro de la poesía de Alejandra: la muerte y la sexualidad. En La condesa sangrienta aventura una importante hipótesis en la que enlaza sexo y muerte, a propósito de las torturas que a comienzos del siglo XVII Erzsébet Báthory, asesina de 610 muchachas, infrigiera a sus víctimas, para bañarse de eternidad con su sangre:
"El desfallecimiento sexual nos obliga a gestos y expresiones del morir (jadeos y estertores como de agonía; lamentos y quejidos arrancados por el paroxismo). Si el acto sexual implica una suerte de muerte, Erzsébet Báthory necesitaba de la muerte visible, elemental, grosera, para poder, a su vez, morir de esa muerte figurada que viene a ser el orgasmo. Pero, ¿quién es la Muerte? Es la Dama que asola y agosta cómo y dónde quiere. Sí, y además es una definición posible de la condesa Báthory. Nunca nadie quiso de tal modo no envejecer, esto es: morir. Por eso, tal vez, representaba y encarnaba a la Muerte. Porque, ¿cómo ha de morir la Muerte?". Inferencia que es dable aplicar a la poética de la muerte en nuestra autora. Remota antecesora, la condesa había escrito, a propósito de sus víctimas: "Su sangre no las llevará más allá; la que va a vivir ahora de ella soy yo, otra yo; seguiré su camino, su camino de juventud que las conducía a la maravillosa libertad de gustar. Por su camino, que yo hago mío con trampas, llegaré al amor... Pues no sé de dónde vengo, no sé adónde voy: estoy aquí". (La condesa sangrienta)
Alejandra se refleja en esta mujer que busca en la muerte, en la sangre, el placer. Que se empapa de la sangre de muchachas atraídas por engaños para de cierta manera, ser la frescura de esas muchachas. Es una operación similar a la de los hombres arcaicos, que se vestían de la piel de los animales cazados para de esta forma, poseer su fuerza y sus atributos. Comerse el corazón del sacrificado para obtener su valor. Canibalismo ritual. En el caso de la Condesa, la sangre era el punto en cuestión. El fluido vital que contenía el poder de mantener y conservar la juventud. Imagino a Alejandra absorta ante la figura de la autómata con que contaba la condesa, entre otras cosas, para sus sacrificios. Una autómata de hierro que abrazaba a sus víctimas con brazos de púas afiladas que se enterraban en la carne de las chicas hasta desangrarlas. El abrazo mortal (2). La relación entre esta muñeca de la muerte y las muñecas de Alejandra, muñecas vivas, que signaban la edad primera, el tiempo fuerte y añorado de la infancia y el recuerdo. Pero creo que la identificación va aún más allá. Báthory edifica su castillo sobre una doncella muerta, el mismo castillo que a la vez será su mazmorra y su tumba. La muerte tan temida, la pérdida de la juventud y de la belleza que habría de llevarla hasta el amor, finalmente la sumerge en la sombra, el encierro y el silencio: la búsqueda de ambas se homologa. En sus poemas, Alejandra no deja de buscar, de esperar algo que no llega, una imagen, un nombre: “Estaba abrazada al suelo, diciendo un nombre. Creí que me había muerto y que la muerte era decir un nombre sin cesar” (El infierno musical).
La muerte hondamente deseada, la oscuridad final, el mediodía de los muertos: la noche. La forma de conjurarla: las palabras. Ella elabora a través de su lenguaje el espacio del silencio.
II. Los trabajos y los días / Los trabajos y las noches
Si se cotejan ambos textos, es muy difícil encontrar el nexo, la relación que va más allá del mero título o más bien, de su alteración. Hesíodo aconseja a su hermano, lo insta a ser un buen hombre, a dedicarse al trabajo, ya que es ésta la única forma en que el hombre logra fortuna y reconocimiento de sus pares. La poesía gnómica de Hesíodo transmite un conocimiento, en este caso, sobre el cultivo de la tierra, las estaciones adecuadas para los diferentes trabajos, además de advertencias sumamente lúcidas sobre la naturaleza de el poder y la magnificencia de los dioses; es una carta instructiva, en un tono entre pedagógico y de arenga dirigida un personaje llamado Perses, que puede ser su hermano tanto como una figura ficticia creada por el poeta. El texto incorpora leyendas y mitos (Pandora, El águila y el ruiseñor, El mito de las edades) como forma de prevenir al receptor de la injusticia de los hombres, de los males que acarrean la codicia y el exceso de poder. Enfatiza la importancia del trabajo, el trabajo en el campo, el arado, las estaciones y sus signos. Comenzar a trabajar antes que salga el sol y comer lo necesario para tener la energía suficiente para hacerlo.
Tengo la impresión de que Los trabajos y las noches es el negativo de este texto y que por eso, Alejandra escogió este título para su obra, que – dicho sea de paso-, antecede a La extracción de la piedra de la locura, dónde los tópicos ya previamente expuestos (noche, silencio, oscuridad, sombra, amor, muerte), son llevados a su punto de máxima tensión expresiva en poemas como “Cantora nocturna”, “Un sueño donde el silencio es de oro”, “Como agua sobre una piedra”, por nombrar algunos. La poesía de Alejandra Pizarnik es un testimonio de katábasis, de descenso, de ir hasta lo más profundo. Explora el espacio más temido y peligroso: su propio ser. Y en este viaje se sabe abandonada, sabe que es un viaje en el que no encontrará lo que busca, porque ella no está en sí; ella siente que está en otro lugar, en otros ojos y otra voz. Debe combatir con las palabras en una operación que puede compararse al guerrero en el campo de batalla. Para el guerrero, el combate es con un enemigo determinado, con un cuerpo físico que lo amenaza y desafía. Para Alejandra, el campo de batalla es el papel, el lenguaje, las palabras. Se bate con ellas en una lucha abstracta, en la que las normas son impuestas por algo que no se presenta como un ente visible; más bien, el que pone las reglas es el lenguaje mismo, y es éste el enemigo. Enemigo fatal en el oficio de la escritura. La batalla es desigual y ella va armada de escudos frágiles pero de un poder impensado; el valor y la certeza de que con su canto puede hipnotizar a un rival monstruoso que la ataca sin descanso ni piedad.
Los trabajos de Alejandra son hechos en espacios cerrados (el espacio cerrado por antonomasia vendría a ser el cuerpo o el mismo pensamiento de la autora), bajo la luz no del sol, sino de la lámpara. Una luz de linterna, que ilumina segmentos del espacio, nunca el espacio en su totalidad. Son poemas escritos a la manera de un foco único y directo en un escenario vacío: lo que abarca se ilumina, el resto se mantiene en la sombra.
Creo que Alejandra juega con la contradicción que existe entre ambos textos, sugiere la evocación de un texto clásico como una maniobra de choque, al trabajar la evidente discordancia entre los planteamientos de Hesíodo, es decir, el trabajo para la vida, la prosperidad y la abundancia, y los propios: el trabajo como el espacio privado de batalla contra las palabras – contra sus palabras-; batalla que no tiene por finalidad la perduración de algo, el aumento de la fortuna o un paso tranquilo por la existencia; al contrario, Alejandra plantea un trabajo que altera los lugares del pensamiento, que ensombrece, que solloza por lo que nunca tuvo o por lo que irremediablemente perdió. Llora su infancia, por la niña que fue, la que era la señora de los pájaros celestes y de los pájaros rojos:
“(...) al más hermoso le digo:
– Te voy a regalar a no se quién.
– ¿Cómo sabes que le gustaré? –dice.
– Voy a regalarte –digo.
– Nunca tendrás a quién regalar un pájaro –dice el pájaro.”
(Niña en jardín)
Una nostalgia enorme que no puede ser expresada más que en el silencio, inscrita en el hueco que queda entre letra y letra. Ella es la muñeca que come poemas, que cándida y perversa cierra los ojos ante la Reina Loca -que es ella misma-, la que vaga por los puentes con coronas de papel. En su poema ella se transforma en la muerte, hace de si misma su fin último, su máximo deseo. Ella tiene un cuerpo vivo; respira y su sangre circula, pero a la vez en ella está su muerte. Pensándolo, la muerte está dentro de todos, es el punto que completa la vida. Sin muerte, la idea de vida sería un sinsentido. Los contrarios se sustentan y se necesitan y, en este caso, se justifican el uno al otro. Pero Alejandra trabaja el tema de la muerte de una forma tan intensa que logra hacer de ella una presencia real que la llama, que se le presenta y la fascina.
El trabajo de Alejandra es un trabajo para la muerte, es la escritura de su propio y buscado descenso (no quiero ir / nada más / que hasta el fondo), un caer como en un sueño donde ya nada se dice ni nada se desea por obligación; un suicidio como una música que la hace entrar en su estado real y añorado: en ella, pero muerta. Muerte. El estado
deseado, música de caída, suicidio- nacimiento. El fin de la angustia de no reconocerse, de ver que se mira con ojos ajenos. Creo que Alejandra creía que en el momento de la muerte vería su verdadero rostro, sus ojos reales; oiría sus palabras y su voz ya no como las de alguien extraño sino como las de ella misma. En la muerte encontraría su identidad. En los textos finales de Los trabajos y las noches se siente una llamada obscura, la llaman las sombras, golpean las paredes, la hiere el diálogo impuro y la fragmentación de su lenguaje la desgarra y desconcierta. Sus símbolos se tiñen, se cierran cada vez más cerca y más profundamente ante la idea del abandono de su cuerpo: los pájaros celestes se vuelven cuervos, el jardín se esconde, los soles negros son cada vez más negros.
Creo que Alejandra toma el título “Los trabajos y las noches” como una invitación al lector a entrar a su juego de paradojas, de absurdos. Ella utiliza figuras de muchos textos, figuras que son a la vez nombres y símbolos. Dentro de sus poemas está Hesíodo, Lewis Carrol, Alfred Jarry, Quevedo (“canta, lastimada mía”, en el epígrafe del poema “Pido del silencio”), Dedalus Joyce (aquí toma el personaje del Ulysses de Joyce, quién a su vez lo toma el título de su obra de “La Odisea”), T.S. Eliot, Michaux, Kafka, Breton, fragmentos de “El cantar de las huestes de Ígor”, Artaud, Isidore Ducasse ( el “oh vida / oh lenguaje / oh Isidoro”, hallado en su pizarrón de trabajo luego de su suicidio es muy elocuente).
Es claro: el trabajo de Alejandra Pizarnik esta lleno de influencias que lo determinan y encauzan (¿qué trabajo literario está libre de éstas?); ella establece un diálogo con un gran número de autores que la conmueven, que la apasionan, lo que me parece completamente válido. Utiliza la intertextualidad como recurso de apoyo, de introducción a la atmósfera del poema; no se sustenta en ella, la maneja como un instrumento que hace de su obra un trabajo transversal y perdurable en el tiempo, una obra poética de enorme valor y belleza, que nos habla del horror y la hermosura, y que desde su silencio nos arrulla con su canto:
“Aunque es tarde, es noche,
Y tú no puedes.
Canta como si no pasara nada.
Nada pasa.”
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