FURGÓN: AL OESTE.
Por lealtad
se suben bicicletas al vagón, se les cuelga
de esos ganchos y la mano
sostiene confiada su bamboleo. Sólo
por lealtad hacia esta tarde
encaminada a noche, su tren cruza
estaciones del oeste
las pintadas y franjas
indemnes de rosas, naranjas para otro
atardecer entrevisto
al pasar sus ventanas. Sea entonces lealtad
este impulso a pedalear rumbo a casa
infinitos
gastos en transporte y cansancio
recostando las cabezas: apoyan rodillas, cuerpo
sentado al amparo de la propia
bicicleta que cuelga. Leal también
entra esta tarde en promesa
veranos inminentes y cambios
climáticos para polleras
algo más cortas si el fin
de semana se acerca. Duermen entre rayos
erizan cuadrantes, cadenas
pedales marcados por el polvo, óxido de eso
que es tu bici suspendida, una forma
de llagar a hora. Cada día trabajo y regreso. Retorno
de la tarde en otra
primavera de estreno. Come el chico
su sándwich de milanesa, sobre la cadera
apoya el manubrio o esa mochila
que su espalda carga y lleva
con cierta nobleza. Y dice resistencia
gigante un grafitti sella el galpón
fábrica antes ahora esos
vidrios rotos para ventanas
que hablan de cuál
posible resistencia. Paisaje alerta
a la espera igual a esos ojos
niños del joven
asoman la gorra y reflejan tantos brillos
sin decir dureza. Resiste un cuerpo
horarios y resiste sólo
en fidelidad a eso que ahora
está partiendo. Cruces
de otra estación suburbana, para el furgón o alianzas
que elevan bicis
por las ventanas: libertad
o luche y se van signados también
contra el atardecer. Vendrá la noche, otro
viernes madrugadas vendrán en fuga
tal vez días de festejo. A las seis
cuarenta y cinco apenas cuerpos
que conocen de tareas, cansancio o el descanso
cuando hiere el sol las ventanillas y en rayos
de la bici es reflejado para volver
otra vez al oeste de qué
paraísos probables.
SANTA LUCÍA: HOSPITAL DE OJOS
-Santa Lucía, déjanos ver.- Aquí donde esperamos todos
mientras afuera sigue febrero, su luz brillante y restan más
de cincuenta números antes, aquí, Santa
permítenos la espera- a mí, a los otros- cierta dignidad
en bordes poco limpios
inhóspitos
rincones estos de la pública
salud y heridas
por trabajos varios, soldadoras o astilla
que es vidrio en tu ojo. Permítenos sí
ver claro cómo
esto alcanzaría para todos. A la espera con números
imposibles del cien al dos
diez ¿cuánto
habrá más que esperar para ver? Alcanza con el verde
pleno de febrero y alcanza para más
este estar acá. Guardia
médica en filas iguales: mi orzuelo y el pañuelo
sangrante del hombre viejo. Son de fajina
sus pantalones y uniforme, aquí
donde también él
tendrá sus sueños cuando espera y vos
al lado le tendés otro pañuelo.- ¿Es rojo
esto que veo? ¿Tiene el dolor
algún color?- “Santa Lucía, que estás aquí
hecha por nosotros- para nos- los que en fila
esperamos qué salvación : déjanos ver un probable
tiempo para todos
donde también este penar
tenga su sitio sin apostar al empuje
del otro para hacer lugar: “ Y hay algo
definitivo de barco hundido aunque alcance
el gesto alcanza, decinos vos Lucía, para en el otro
ser nosotros y así
la luz completa de febrero
no se opaque ni se sostenga más
esa regla del pobre
para otro pobre aplastar. Acá, donde parches hablan miradas
cuando no estamos ahí
donde queríamos llegar. Qué, Santa Lucía, nos podrá ya
justificar . Lavandina más espadol, el alfajor que la nena
como inquieta en un rincón. Ciento
sesenta y ocho escrito en digitales rojos, suspiros
de la impaciencia al fastidio porque nada
logra a veces ligar en dolor, ni siquiera
cierta redención.- Pero estalla afuera esta mañana
única de febrero, cualquier posible
caminata al sol, el mismo aquí, en esa
clínica privada siempre aséptica no
la salud no se paga
no debiera negociarse eso: nuestra debilidad ante los cielos.- Santa
Lucía Santa, recuérdanos que nosotros
y los otros igual moriremos. Y alcanza
con alcanzarnos unos a otros debiera, Lucía
ser suficiente aunque la madre
da un bofetón a la nena, en esta calma chicha
tan parecida a sala previa
del huracán que borre toda
espera pero no. Vos
aquí ayúdanos a ver, no el ojo emparchado de la nena
sino que a ver
vinimos aquí Lucía: solamente a vernos,
los unos a los otros, ya que este
espacio alcanzaría para todos
cuando casi esa mano
del hombre herido sobre el hombro
blando de su chica alcanza
también estas entrañas. Lucía aquí
vos despierta con nosotros.
ANDI NACHÓN, Buenos Aires, 1970. Docente de letras y periodista.
Ha publicado: Siam, Nusud, 1990; Warzsawa, Bajo la luna nueva, 1996; Taiga no rio do Janeiro, Edicoes da passagem, 2001; Goa, Tsé-t´se, 2003; y Villa Ballesta-Ñuñork, Surada ediciones, 2003, entre otros. Los poemas aquí seleccionados pertenecen a
Plaza real, ediciones La Bohemia, Buenos Aires.
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